«Domingo con Dominga»: los diarios íntimos también cuentan la historia de una generación

Hay secretos que no fueron escritos para ser leídos por otros. Quedaron guardados entre hojas rayadas, biromes de colores y candados imaginarios. Primeros amores, amistades, enojos, deseos, miedos. Todo aquello que parecía enorme cuando teníamos diez, doce o quince años.

En Domingo con Dominga,- domingos a las 18 hs en Timbre 4 – esos cuadernos vuelven a abrirse, lejos de la nostalgia y cerca de la preguntas: ¿Qué dicen hoy esas palabras sobre quienes fuimos? ¿Qué permanece igual? ¿Qué cambió? ¿Y cuánto de esa infancia sigue explicando a los adultos que somos?

Construida a partir de diarios íntimos reales de distintas niñas y adolescentes, la nueva obra de Paula Russo Martínez y Nicole Grinberg combina teatro, documental y humor para convertir la memoria en escena. En esta nota Paula nos cuenta cómo nació esta obra donde la antropología, la literatura y el teatro se cruzan para demostrar que, a veces, los secretos mejor guardados también tienen algo para decirnos.


—Dominga está convencida de que la verdad de la existencia humana puede encontrarse en los diarios íntimos escritos durante la infancia. Es una idea tan particular que, al principio, parece imposible. ¿Cómo nació esa pregunta y en qué momento sentiste que ahí había una obra?

—Esa fascinación nació mucho antes de pensar en una obra. Yo escribí diarios toda mi vida. Me encantaba escribir. De chica decía que iba a ser escritora y, como compartía la habitación con mi hermana, escribir era mi cuarto propio, mi mundo. Registraba prácticamente todos los días de mi vida.

Con los años seguí escribiendo, aunque menos. Durante la pandemia volví a abrir esos cuadernos y, cuando los leí con distancia, me pasó algo inesperado: dejaron de parecerme simples recuerdos y empezaron a parecerme objetos artísticos. Me sorprendió el humor, la libertad con la que escribía y esa mirada tan genuina que tiene la infancia. Entre todas esas páginas apareció un poema que le había escrito a Harry Potter. Me hizo morir de risa y decidí grabar un video leyéndolo.

Fui improvisando. Arranqué diciendo: «Bienvenidos a Domingo con Dominga, enfrentando juntos la hora del suicidio», leí el poema y, sin saberlo, ahí empezó todo.

—Tengo una duda acerca de los diarios que Dominga comparte con el público, ¿son verdaderos?

—Sí, son diarios reales. Todo empezó con mis propios cuadernos, pero después sentí que la investigadora también tenía que leer los diarios de otras personas para ver qué encontraba ahí. Empecé a decirle a la gente que conocía que estaba buscando diarios íntimos y quienes quisieron me los prestaron.

Los diarios que finalmente quedaron en la obra son de una amiga mía, de mi hermana, de mi mamá y de mi tía. También hubo otras personas que me dijeron: «Tomá, leelo, hacé lo que quieras». La verdad es que fue un acto de muchísima confianza. Algunos todavía los tengo en mi casa y otros ya los devolví.

En escena. Dominga (Paula Martínez Russo) junto a sus diarios
Ph: Paula Spinacci. Cortesía Susan Lonetti

—Dominga es antropóloga y convierte algo tan cotidiano como un diario íntimo en un objeto de investigación. Vos también estudiaste Antropología antes de dedicarte por completo al teatro. ¿Cuánto de esa mirada terminó filtrándose en la obra?

—Muchísimo. Yo estudié Antropología, pero no terminé la carrera. Me faltó muy poquito y después dije: «No, me quiero dedicar a full al teatro». Pero hay algo de esa mirada que sigue muy presente. Creo que lo que tienen en común la antropología y el teatro es esa posibilidad de tomar distancia de lo cotidiano para verlo de otra manera.

La antropología me interesaba muchísimo, pero sentía que quería pensar esas preguntas desde el idioma del arte antes que desde el académico. Prefería filosofar mezclando texto, actuación, teatro, texturas, vestuario, iluminación y proyecciones antes que escribiendo un paper. Dije: «No puedo con todo. Ojalá algún día termine la carrera», pero entendí que el camino era el teatro.


—Más allá de la infancia, Domingo con Dominga también habla del amor, del deseo y del lugar de la mujer. Cuando empezaste a leer tantos diarios, ¿qué descubriste que se repetía una y otra vez?

—Cuando empecé a buscar los diarios también quería entender qué me había pasado a mí con el amor cuando era chica. Venía atravesando determinadas angustias de grande y me pregunté: «¿Qué me pasaba a mí cuando tenía esa edad?». Ahí encontré muchísima idealización alrededor del amor.

Lo que más me sorprendió fue descubrir que no era algo que aparecía solamente en mis diarios. Estaba en casi todos. Entonces dijimos: si esto aparece una y otra vez, tenemos que hacernos cargo y llevarlo a la obra.

Más allá de que el amor atraviesa a cualquier persona, había algo muy ligado a la construcción de ser mujer. La idea de encontrar un hombre, de casarse, de cumplir determinados mandatos aparecía una y otra vez. Encontrarlo repetido en tantos cuadernos también fue una forma de sentirme acompañada.

—Hay algo que llama la atención desde que uno entra a la sala. La escenografía parece una biblioteca, un laboratorio y, al mismo tiempo, el mundo interior de Dominga. ¿Cómo encontraron ese universo visual?

—La verdad es que no apareció desde el principio. Lo primero que hicimos con Nicole fue leer todos los diarios que teníamos, seleccionar fragmentos e ir armando la dramaturgia. Recién cuando sentimos que la obra ya tenía una estructura empezamos a preguntarnos en qué mundo podía suceder todo eso.

Empezamos a escribir asociaciones y palabras que nos iban apareciendo: surrealismo, tamaños que no tuvieran sentido entre sí, texturas artesanales, papel, una sensación de que las cosas flotaran, como si estuviéramos dentro del mundo de las ideas de Dominga. También aparecieron referencias a la magia, a Harry Potter y a las bibliotecas. Decíamos que queríamos construir una biblioteca de los sueños. Había muebles antiguos, una espiral y una paleta muy específica de colores: queríamos ámbar, azul y papel.

Con todo ese material nos reunimos con la escenógrafa Nazarena Cofferati. Le mostramos dibujos, referencias, palabras e imágenes, y ella logró reunir todo ese universo en la escenografía de la obra. Queríamos que, al entrar a la sala, el público sintiera que estaba entrando al mismo tiempo en el espacio de investigación de Dominga y dentro de su imaginación.

Dominga tiene una personalidad muy particular. ¿Cómo fuiste construyendo ese personaje?

—La verdad es que apareció de una manera muy intuitiva. Al principio estuvo muy influido por Virginia Lago y esa forma tan particular de presentar historias. Primero surgió la manera de hablar y, a partir de ahí, empezaron a aparecer el peinado, la ropa y la forma de moverse.

Después empecé a preguntarme quién era realmente esa mujer. Ese trabajo lo hicimos con Nicole. Como el personaje nació durante la pandemia, yo siempre lo interpretaba sentada. Cuando llegó el momento de ponerme de pie pensé: «¿Cómo camina Dominga?». Ahí apareció un cuerpo muy influido por el ballet, muy estructurado, muy contenido.

Con el tiempo entendimos que había una idea que atravesaba todo el personaje: Dominga es una niña y una anciana al mismo tiempo. Tiene algo muy antiguo, como si perteneciera a otra época, pero también conserva una mirada profundamente infantil. Jugar con ese contraste terminó siendo uno de los ejes de la obra.


—Recién decías que Dominga nació de una forma muy intuitiva. Después de convivir tanto tiempo con ella, ¿Cuánto tiene de vos y cuánto es pura ficción?

Es casi un clown mío. Tiene muchísimo de mí. Está esa antropóloga que quedó ahí, esa fascinación por los cuadernos, por la filosofía, por las teorías y por los sentimientos. Es una forma de canalizar una parte mía y llevarla un poco más lejos.


—Más allá de los diarios, la obra también deja flotando una pregunta sobre el paso del tiempo y sobre una generación que creció en un mundo analógico y hoy vive atravesada por la tecnología. ¿Era una inquietud que apareció desde el comienzo o fue apareciendo durante el proceso de escritura?

—Fue apareciendo durante el proceso. Con Nicole hablábamos mucho de que los millennials nacimos en un mundo que ya no existe. El cambio tecnológico fue tan brutal que sentimos que somos antiguos prematuros. Dominga también expresa algo de esa generación.

La verdad es que nunca había pensado exactamente en la relación entre los diarios y las redes sociales, pero sí creo que hoy perdimos un espacio de conversación con nosotros mismos. Yo trato de usar las redes específicamente para el teatro porque siento que, si subo mi vida, después me pierdo el momento de contársela a mis amigos, de ver su reacción en vivo y de compartir ese tiempo con palabras.

Lo que más me pone mal de todo eso es el no tiempo. Que todo tenga que ser corto. En ese sentido, Domingo con Dominga también es una apuesta por otro ritmo. Es una obra larga, con muchas historias, con muchas palabras. Fue un proceso de creación muy largo y la apuesta de profundizar fue un desafío enorme para mí. Ya el hecho de tener que pasar el texto todas las semanas para no olvidármelo te lleva a otro lugar. No te podés distraer. Es otro tiempo.

—Para terminar. Después de todo este recorrido, ¿qué te gustaría que encuentre el público cuando entre a ver Domingo con Dominga?

—Lo más lindo es escuchar lo que pasa después de cada función. Quienes tengan curiosidad pueden entrar a Alternativa Teatral y leer los comentarios del público. Hay algo que se repite mucho: hablan de la ternura que les genera la obra, de ese viaje a la infancia, de abrazar a sus niños interiores. También aparece mucho esto de llorar de risa y de emoción al mismo tiempo. Y mucha gente destaca la escenografía, la ambientación, ese universo que se arma en escena.

A mí me quedó muy grabada la sensación que tuve la primera vez que volví a leer esos diarios. Me pareció revelador encontrar, en las palabras de esas niñas, tantas verdades. Había algo muy genuino, muy sensible, una sabiduría distinta, una sabiduría que venía de otra mirada.

Invitaría al público a venir a conocer esas miradas. Creo que les van a aportar un montón de sensaciones, de recuerdos y, sobre todo, un muy buen momento.


Quizás por eso Domingo con Dominga no habla solamente de los diarios íntimos. Habla de esa versión de nosotros mismos que todavía sigue escondida entre recuerdos, preguntas y palabras que alguna vez escribimos sin imaginar que, años después, volverían a tener sentido. La obra de Paula Russo Martínez y Nicole Grinberg convierte esa intimidad en un espacio compartido donde la risa, la emoción y la memoria encuentran un mismo escenario.

Si alguna vez escribiste un diario, guardaste una carta en un cajón o simplemente te preguntaste en qué momento dejaste de conversar con vos mismo, quizás esta sea una buena oportunidad para volver a hacerlo.

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