A 1344 kilómetros, una amiga vuelve y desordena la memoria. Una historia sobre crecer, salir de la zona de confort y aprender que, a veces, para que todo cambie solo hay que sentarse a escuchar
Google Maps me indica que estoy a 1344 kilómetros de mi amiga Nanu. No hablamos casi nunca, pero esta semana la pensé un montón. Pensé en como me hizo extrañarme de mi propia casa y sin querer me enseñó una de las cosas más importantes que sé.
La escena es simple: estábamos en mi casa una de las primeras veces que fue, una casa con libros por todos lados y mientras tomábamos un café en el living me preguntó si teníamos una librería o vendíamos cuadros. Me descolocó porque lo preguntó en serio, como cuando alguien entra a un lugar que no conoce y lo trata de dilucidar.
Yo me movía entre libros, canciones y películas. Era un terreno conocido y una forma de estar en el mundo. Nunca lo pensé como algo excepcional ni importante. Mi casa era distinta a las de mis amigas, por la ubicación, por los objetos, por la cantidad de cuartos, pero nadie me lo había señalado hasta ese día.
Uno de esos días en casa, Nanu me contó que a fines de los ´90, principios de los 2000 su papá viajaba todos los días en bicicleta de Trelew a Rawson y que le pagaban con pan y unos pocos pesos. Me lo contó sin dramatismo pero yo sentía que algo se me corría de lugar.
Durante mucho tiempo yo había creído que la crisis de los noventa nos había atravesado a todos más o menos igual. Con Nanu empecé a entender que nuestras experiencias no hablaban el mismo idioma, aunque pasamos esos años en la misma ciudad.
Siempre me impactó como Nanu miraba la vida desde otro lugar. Era una agradecida de cosas que yo ni me cuestionaba. Creo que porque ella había aprendido que ganarse la vida era algo literal, que se hacía con el cuerpo. Y tuvo la paciencia de explicarme todo eso con un amor que todavía le agradezco
Me acuerdo de tardes enteras en su casa jugando Monopoly. Con su mamá, su abuela, su papá y sus hermanos por ahí, dando vueltas. Nos reíamos mucho. Era mi época de hacer muchas preguntas y ellos respondían todo. Creo que nunca les agradecí esa paciencia.
A veces pienso que tengo que agradecerle a la educación pública por eso, por haberme corrido de un lugar de pseudo-privilegio para mostrarme como familias enteras elevaban su piso de dignidad por primera vez en su árbol genealógico.
Con Nanu hablamos mucho de libros, de películas y de música. Le expliqué por qué me gustaban ciertas historias, ciertas canciones. Ella me escuchaba atenta y a veces me cambiaba el tema y me decía que esa canción que estaba sonando era una mierda. En algún momento de nuestra amistad entendí que lo que ella me enseñó fue mucho más intenso, que a nadie le importa si Losing my religion es un buen tema si tiene hambre.
Sin saberlo, Nanu me enseñó que al final del día lo importante no era todo eso que a mi me importaba, sino otra cosa más simple y más difícil de nombrar. Y no me lo explicó con frases armadas ni teorías, me lo mostró con la paciencia con la que hablaba del trabajo de su papá y con la calma con la que me preguntó si yo tenía una librería. Con ella aprendí que hay mundos que no se entienden de inmediato, pero que pueden traducirse, con tiempo y amor. Que no todo lo extranjero expulsa, que a veces sirve para aprender a mirar de nuevo. Y que a veces, para aprender cómo funciona el mundo, no hace falta viajar lejos ni leer más libros, sino sentarse en un sillón cómodo y escuchar, de verdad, a alguien que viene de otro planeta que queda en la misma ciudad.
Si llegaste hasta acá, quizás también apareció alguien en tu memoria. No desde la nostalgia, sino desde ese lugar donde una persona, casi sin darse cuenta, te cambió la forma de mirar. Porque hay encuentros que no terminan, que siguen trabajando en silencio, que vuelven cada tanto para recordarnos que el mundo no es uno solo y que siempre hay algo nuevo por entender.
En El Walkman acompañamos historias que nacen en esos cruces donde lo íntimo se vuelve colectivo y donde las historias pequeñas abren preguntas más grandes. Si querés sostener este trabajo independiente, podés suscribirte a la revista o invitarnos un Cafecito. Es una forma simple de seguir haciendo lugar para estas palabras que, como algunas amistades, siguen resonando incluso a la distancia.



Deja un comentario