El partido de nuestras vidas

Crecimos escuchando la historia de un partido que no vimos, pero que aprendimos a recordar como si hubiéramos estado ahí. Los goles del Diego a Inglaterra, Malvinas: una épica heredada que pasó de generación en generación. Hasta que un día nos tocó vivir la nuestra. Porque hay partidos que terminan cuando el árbitro da la orden y otros que empiezan a convertirse en historia apenas suena el silbato.


Scrolleo por Instagram y todavía aparecen los dos goles a Inglaterra. Aparecen porque yo no los saco, porque los vuelvo a ver y me emocionan. Si pienso en el día del partido, pienso en un país frenado por una épica que nos merecíamos como generación. Alguien dijo por ahí, cuando ganamos el partido contra Suiza y se supo que la semifinal sería con Inglaterra, que los -50 teníamos una especie de cita con la historia, que probablemente creíamos que sabíamos qué significaba el fútbol en este país pero que en realidad no, y que lo íbamos a descubrir en esa semifinal.

Y entonces empezó la manija, “por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo”, “quiero volver a robarle un gol al ladrón” – como el Diego y el Narigón -. Y volvieron a pasar “El Partido” en los cines – La película de Juan Cabral y Santiago Franco, basada en el libro de Andrés Burgo -, y alguien pasó el link y nos juntamos a verlo en nuestras casas y vimos esos goles y hablamos de la semifinal toda la semana porque así somos. Porque Messi nunca había jugado contra Inglaterra, porque nacimos y nos dijeron que San Martín cruzó los andes y que Diego hizo esos dos goles, toda nuestra historia está ahí.

Llegó el día y la calle fue silencio; el himno fue grito y el partido todo lo que somos: sufrir hasta el final. En el minuto ‘85, Enzo metió un gol y nos emocionamos, y en el ’90 Lautaro metió el segundo y en ese momento el 15 de julio dejó de ser un día, se convirtió en otra cosa. Porque un ratito después en medio de los festejos en un estadio en el que habían prohibido insignias sobre las Malvinas, la selección nacional desplegó un trapo que tiraron de una tribuna diciendo que son nuestras.

Era un trapo blanco, – improvisado, insolente, pintura negra sobre una sábana robada – que decía “Las Malvinas son argentinas”. Fue el tercer gol. Nuestra final del mundo. El partido de nuestras vidas, nuestros goles, los que vimos en vivo, los que contaremos en unos años como nos contaron a nosotros, con la misma épica y con el orgullo de saber que al final, siempre fue más que un partido de fútbol. Que las Malvinas son Argentinas y la soberanía también.


Si llegaste hasta acá, quizás también volviste a ver esos goles más veces de las que pensabas. Quizás tampoco querés dejar de verlos. Porque durante años nos contaron un partido que no habíamos vivido y ahora, por fin, tenemos uno para contar nosotros. Con nuestros recuerdos, nuestros nervios, nuestros abrazos y esa sensación de haber estado ahí cuando algo pasó a formar parte de la historia.

En El Walkman nos gustan las historias que empiezan hablando de fútbol y terminan hablando de nosotros. Si querés ayudarnos a seguir encontrándolas y publicándolas, podés suscribirte a la revista o invitarnos un Cafecito. Es una manera de bancar este proyecto independiente y de ayudarnos a seguir contando.

Deja un comentario

Sitio web creado por WordPress.com.

Subir ↑