Falta apenas una hora para que la Scaloneta debute frente a Argelia en el Mundial 2026 y vuelva a poner al país en ese estado extraño donde las conversaciones cambian de tema, los horarios se reorganizan y todo parece quedar un poco en suspenso. Mientras esperamos la patada inicial, compartimos este texto de Abril Mano, autora de Camino Crítico, el espacio donde publica sus textos. Un viaje hacia aquel Mundial que nos regaló la tercera estrella, contado desde la amistad a la distancia, la música que suena en el estereo del auto y esos pequeños rituales que terminan convirtiéndose en memoria colectiva. Porque antes de que empiece un nuevo capítulo mundialista, hay historias que merecen volver a ser leídas.
Cuando prendí el estéreo del auto sonaba Ruleta de Los Piojos. Era viernes 18 de noviembre, el mundial empezaba ese domingo y la víspera se sentía. La Copa América ganada el año anterior sembraba esperanza e ilusión.
Andrés Ciro cantaba y yo pensaba en mi amiga Luciana. Nacida en Monte Grande, pero viviendo en Alemania y fan de Los Piojos.
El primer partido de la selección era el martes a la mañana y se llegaba con mucha carga. Habían pasado 4 años y medio desde el último mundial, y una serie de sucesos habían cambiado al mundo y a las personas para siempre.
Apareció un virus que obligó a modificar la manera de vivir. En pocas semanas era otra la forma de viajar, de comprar, de encontrarse y se percibía en el ambiente peligro e incertidumbre. Se hablaba de una nueva normalidad a la que nadie se acostumbró y se incorporaron palabras al vocabulario que no se habían usado antes pero que, a partir de marzo del 2020, resultaban casi cotidianas.
En medio de ese desasosiego, muere Diego. Un hecho que atravesó a cada uno tanto en lo colectivo como en lo singular y que marcó un antes y un después en el fútbol que habíamos conocido todas las personas vivas.
El primer partido se perdió. Y toda esa carga se desplomó de golpe. Se trataba de volver a empezar, y de conformarse con disfrutar lo que se pudiera.
Pero toda la resignación desapareció a los cuatro días en el partido con México. Las posibilidades de pasar en el grupo crecieron y la ilusión volvió. Se empezó a mirar hacia adelante, aunque a corto plazo.
El tropiezo del primer partido hizo ver qué si caes de muy arriba te golpeas más fuerte.
—En casa miro los partidos tomando Malbec. Se juegan tarde— me cuenta Luciana.
La radio sigue sonando y luego de Ruleta empieza De Música Ligera.
La selección pasó la fase de grupos y ganó el partido de octavos contra Australia. Era un sábado a la tarde del primer mundial que se jugaba en diciembre y en todas las esquinas se veían juntadas.
Ahora en la radio suena Intoxicados. Es la canción en la que Pity dice que no quiere que lo distraigan, que está pensando en cosas que nadie puede explicar.
El partido siguiente se jugó un viernes feriado en el que habían hecho 36 grados. Al anochecer, luego de pasar por una definición por penales llegó una lluvia que reflejó el alivio y la alegría de un resultado que nos dejaba en semis.
—Acá son las 12 de la noche, y estoy escuchando rock argentino: en este momento volví a tener 20 años y estoy en la plaza de Monte Grande tomando Quilmes y jugando pool— me cuenta Luciana.
El de Croacia fue menos sufrido, nos dejó fotos de Messi con Julián Álvarez chiquito y memes del gol. Le mandé videos a Luciana festejando que éramos finalistas en la estación Lanús.
Faltan cuatro días: la vida va de fondo.
En todas las conversaciones, en el subte, en un quiosco, en un semáforo esperando cruzar la calle, en la escuela, en un depósito, en un grupo de whatsapp se habla de la Scaloneta, de la final, del deseo y de la épica.
El último tema que suena ese viernes antes de que termine el programa de radio es Estadio Azteca.
La final es tan mágica que contada es casi inverosímil. Luciana festeja en Fráncfort, yo en la estación Lanús.
Luego va a venir la recibida a los jugadores, la final transmitida en las noches de navidad y año nuevo, los cumpleaños de nenas y nenes levantando la copa.
Termina la canción y todavía es 18 de noviembre.
Estaciono el auto y apago el estéreo sin saber todo lo que faltaba por pasar.
Hay Mundiales que se juegan en una cancha y otros que siguen disputándose en la memoria. Este texto de Abril Mano vuelve sobre ese tiempo suspendido en el que una canción en la radio, un mensaje desde lejos o un abrazo en una estación de tren podían contener el mundo entero. Porque la tercera estrella también está hecha de esas escenas mínimas que quedaron latiendo después de los festejos: la espera, el miedo, la ilusión y la certeza de haber compartido algo irrepetible.
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