90 minutos

¿Qué son 90 minutos en la vida?

No pueden cambiar significativamente la vida de nadie. Mucho menos cambio puede haber dentro de 4 minutos entonces y ni hablar de 10,6 segundos. Eso es una gota en la lluvia. Algo efímero. Insignificante. Que se debería perder dentro de la historia.

Todo eso es cierto.

Pero si le ponemos contexto, 90 minutos es un partido de fútbol y en el fútbol ese tiempo es la vida o la muerte (simbólicamente) de un equipo. La gloria o la tristeza de once tipos que se ganan la vida jugando a la pelota.

Creo que se entiende.

4 minutos en fútbol pueden ser determinantes porque ahí puede haber encerradas jugadas geniales para festejar o los minutos más largos para sufrir ante un avance rival y ojalá que la cancha sea como la de Supercampeones y que ellos nunca lleguen a nuestro arco…

¿Y en 10,6 segundos qué? ¿Qué pasa?

Nada pasa porque capaz es el tiempo en que el arquero saca la pelota esperando encontrar a un compañero que pueda empezar a elaborar una jugada colectiva. Pero no, no es el caso.

10,6 segundos alcanzan para cambiar la historia porque en ese tiempo se convirtió el gol más lindo de la historia de los mundiales.

Entonces, si damos contexto completo, todos vamos a tener una imagen.

Porque el partido no es en cualquier lado. Es en el Estadio Azteca en junio del ’86. Porque los que juegan no son cualquiera. Juegan Pumpido, Brown, Cuciuffo, Ruggeri, Olarticoechea, Batista, Giusti, Burruchaga, Enrique, Valdano y Maradona.

Y este último es quien hace la hazaña. Roba a los ladrones en la cara y después, en menos de 11 segundos, los humilla haciendo un gol que se repite en el recuerdo colectivo de un país que sabe que es fútbol, pero que también sabe que dentro de un partido hay mucho más en juego que un pase de fase.

Por eso, desde que se sabe que mañana, 15 de julio de 2026 a las 16:00, Argentina va a jugar contra Inglaterra un partido por el pase a la final del Mundial, todos compartimos un deseo.

Es algo que no se dice pero se entiende sin hablar.

Es un puño apretado, un corazón que palpita enloquecido esperando que los jugadores recuerden darle la pelota al diez para que el milagro pase.

Porque todos los que crecimos alimentados a base de la leyenda del 22 de junio de 1986 esperamos que la Scaloneta vestida de azul nos cumpla un deseo más. Que el nene zurdo frote la lámpara y haga su magia una vez más, aunque ya nos haya dado de todo y sepamos que en el fútbol el azar sale a la cancha junto con los equipos.

Porque es fútbol.

Está claro. Nadie dice lo contrario.

Pero es más. Mucho más que eso.

Porque la espera antes del partido es eterna como eterno será el resultado, pase lo que pase. Porque todos sabemos al lado de quién queremos estar cuando el árbitro que nació en Casablanca indique que el partido arranca. Agarrados de la mano de quién queremos estar, sentados en qué lugar y llevando qué colores.

Porque dentro de la cancha va a haber once de los nuestros, pero afuera, cantando y a los saltos, va a haber muchos más. No sé cuántos, pero muchos. Y lo que canten y lo que salten y el sentimiento que pongan va a llegar a quienes tenga que llegar.

Y por eso los que se nos adelantaron y van a mirar el partido desde el cielo de los nuestros también van a acompañarnos. Porque bien sabido es que los argentinos podemos pedir otra mano, más chiquita y doméstica, que haga que esa silla vacía esté ocupada por quienes sabemos que nos hacen falta.

Yo sé que no es fácil lo que estoy pidiendo, pero crecí a base de creer y alentar hasta el último segundo. Hasta que el partido no termine, porque siempre hay algo que se puede hacer mientras haya tiempo.

Entonces escribo hoy esto porque es la forma que tengo de decirte que aunque no estés acá para decirme que va a estar todo bien y que solamente hay que volver a poner la fe en el equipo porque, como dijo el capitán, no nos van a dejar tirados, yo sé que mañana vas a estar sentado al lado mío, viejo, cantando conmigo y alentando como me enseñaste, hasta que se acaben los 90 minutos.


Si esta historia te llegó, quizás quieras seguir leyendo notas que nacen de una película, un disco, un libro, una obra de teatro o un partido de fútbol para hablar, en realidad, de aquello que nos une. En El Walkman creemos que la cultura también es una forma de recordar, de encontrarnos y de seguir conversando con quienes dejaron una huella en nosotros.

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