“Caramelos para el viaje»: humor, música y preguntas que dejan marca.

En la ruta hacia San Clemente, un micro avanza y dos desconocidas comparten asiento: una abogada y una recreóloga. Entre mates, silencios y confesiones, el viaje se convierte en espejo. Así empieza «Caramelos para el viaje», un musical que desarma certezas y pregunta sin rodeos: ¿Quién dijo que es obligatorio ser feliz? Humor, música en vivo y diálogos que pinchan donde duele, para recordarnos que a veces el viaje más largo es hacia adentro.

La obra —adaptación del guion original de Graciela Sverdlick— regresa a la cartelera porteña con música y letras de Juan Pablo Schapira, dirección de Ricardo Sverdlick y la potencia de dos intérpretes que llevan la historia al cuerpo y a la voz: Julieta Sverdlick y Lucía Krüsemann. En su segunda temporada, y con solo cuatro funciones restantes, todos los sábados a las 22.30 en Nün Teatro Bar «Caramelos para el viaje« invita a subirse a un recorrido que empieza en Buenos Aires y termina en algún lugar adentro de cada espectador. Antes de que vuelva a abrirse el telón, nos sentamos a conversar con sus protagonistas sobre encuentros, diferencias y esos viajes que no siempre tienen regreso.


—Lo primero que quería preguntarles es ¿cómo llegan a la obra? ¿Cómo surge esto que es Caramelos para el viaje?

Julieta Sverdlick: «Caramelos para el viaje» es originalmente una obra de texto que escribió mi tía hace muchos años y que se estrenó en 2003. No tenía canciones, y mi personaje era originalmente un hombre, Lucio. Yo llego a la obra porque en su momento la hicieron y fui a verla cuando estaba en mi adolescencia. Me había encantado el texto, pero quedó ahí.

Unos años después, ya con ganas de hacer teatro y buscando material, me acordé de esta obra. Se la pedí a mi prima —mi tía ya había fallecido— y ni siquiera sabía si existía el archivo. Pero imaginaba que en algún lado iba a estar. Decidí adaptarla: me parecía que el texto era hermoso, pero que podía dialogar con problemáticas más actuales que en ese momento no estaban tan presentes.

Hice una primera versión con otra música, y la experiencia me encantó. Me quedé con ganas de más. Sentía que el texto se merecía otras oportunidades. Ahí fue que me acerqué a Lu… y ahora le paso la posta para que siga la historia.

Lucía Krüsemann: Lo interesante es que Juli se acercó a mí no solo como amiga y colega actriz, sino como productora. Sabía que yo estaba trabajando en Fossa Producciones con Juano Fraile, Celeste Gamba, Peter Bas… veníamos de Tick, Tick… Boom! con una experiencia hermosa, y estábamos buscando títulos argentinos. Y pensé: “Bueno, quizás Caramelos pueda ser una buena oportunidad”.

La llevé a la productora, la aprobaron con muchas ganas y dijimos: “Perfecto, 2024 es el año para Caramelos para el viaje”. Las vueltas de la vida hicieron que, por nuestra amistad y por nuestras ganas de volver a trabajar juntas —ya lo habíamos hecho en 2019—, yo terminara haciendo el rol de Mirna. Al principio no era la idea: queríamos abrir convocatoria, hacer audiciones… pero al final terminé en esa butaca.

Eso nos trajo muchas charlas, algunas graciosas, otras incómodas, pero siempre muy sinceras. Y encima Juli no vive en Argentina: está en Nueva York hace más de cinco años. Eso complicaba todo: ella llegaba con los días contados y teníamos solo tres semanas para montar la obra. Para mí era la primera vez, para ella era reencontrarse con un texto que ya había hecho pero con otra música, otra compañera, otro director, otra puesta… todo distinto. Fue un proceso muy vertiginoso.

(De izquierda a derecha) Lucía Krüsemann (Mirna) y Julieta Sverdlick (Lucía). Foto cortesía prensa, PH @fiorellaromay

—¿Cómo hicieron para coordinar los ensayos? Porque no conozco ninguna producción local que me diga: “salió fácil”.

Julieta Sverdlick: Lo loco es que, justo el año pasado, cuando teníamos todo para que saliera difícil, salió fácil —contra todo pronóstico. Teníamos tres semanas nada más. Yo llegué un martes y el primer ensayo fue el miércoles. Esa semana, además, teníamos la producción de fotos con Fiore Romay, que son las que usamos hasta hoy y están buenísimas. Me bajé del avión y recibí un mensaje: “¿Podés hacer las fotos mañana?”. Yo contesté: “No tengo vestuario, no sé qué voy a poner… Dame un día”

Contra todo pronóstico, todo salió. El director es mi padre —que también es hermano de la escritora—, lo que supone un riesgo en sí. Cuando tuvimos el primer ensayo, él no suele mostrar debilidades, parecía confiado, pero después, con el texto a medio aprender —yo fallé un poco—, la cosa cambió.

Lucía Krüsemann: Pero lo sabíamos bastante, igual.

Julieta: Sí, vos más que yo, porque yo ya lo había hecho antes.

Lucía: Bueno, tenés bastante más texto que yo, te perdonamos.

Julieta: Pero justo ahí, en ese primer ensayo, empezó a surgir todo: sobre todo la respuesta entre nosotras, como que nos entendimos casi automáticamente.

Lucía: Sí, la complicidad del juego.

Julieta: Es algo que se da o no se da. Quizás si no se da, con tres meses de ensayo lo encontrás, no digo que no. Pero acá no teníamos ese tiempo, así que estábamos cruzando los dedos. Y lo que surgió ese primer día quedó hasta hoy. Terminamos llorando de risa a ratos. Después del ensayo, mi padre me confesó que ahora estaba más tranquilo, sentía que íbamos a llegar a algún lado.

Claro, podía no salir nada, no tener química, no funcionar… y no había mucho tiempo para corregir. Era “vamos con esto, esperemos que esté bueno porque es lo que hay”. Y, la verdad, funcionó. Todas las piezas se unieron y quedó un producto increíble. Fue lo mejor que pudimos hacer. Incluso combinar agendas para la segunda temporada fue más difícil que para la primera.

Sí, para la segunda estábamos más confiadas, porque ya habíamos vivido esa experiencia. Dijimos: “Si la montamos en tres semanas, ahora en un fin de semana…”

Lucía: Bueno, no tanto, pero sí. Lo gracioso es que el material llegó más decantado, con mayor profundidad. Ya no se trataba de memorizar líneas sino de trabajar secciones, trabajar intenciones, que juego nuevo aparecía, encontrar nuevas vueltas de tuerca, ver cómo la música en vivo aportaba a la teatralidad, no solo con canciones sino con efectos. Esa fue la búsqueda de esta segunda temporada.

Julieta: Para mí también fue distinto. Una cosa es llegar con expectativas de ver lo que hay pero sin tener idea preconcebida, y otra es tener toda una temporada a cuestas que funcionó y salió bien, y ahora tener que revivir eso. Es como preguntarse: “¿Podré subirme al nivel otra vez?” Pasó un año, las cosas cambian, y hay que encontrarlo de nuevo, que aparezca orgánicamente, no por repetir algo que ya se hizo. Esa búsqueda fue, en un punto, más difícil para mí.


—Hay algo que se nota desde la butaca cuando uno ve la obra: se divierten mucho, y también se agradecen dos cosas, primero el piano en vivo, que está ahí, real, no es pista, y segundo las butacas. Porque podrían haber puesto dos sillitas y listo, pero esa elección física de las butacas funciona, ¿cómo fue esa decisión? ¿De entrada pensaron en eso o apareció en el proceso?

Lucía : Creo que esa pregunta la debería responder mejor Ricardo Sverdlick que es nuestro director, pero creo que desde el inicio la apuesta fue las butacas. La duda era si necesitábamos algo más que las butacas. Recuerdo esas conversaciones del año pasado, y este año simplemente se repuso la misma propuesta, con la pregunta abierta. Pero con la experiencia de la primera temporada, donde la devolución general era que con esas butacas es más que suficiente, para nosotras también fue una apuesta que podía funcionar o no. Lo que hacemos mucho, y que la dirección busca, es construir ese colectivo, ese espacio que va mucho más allá de las dos butacas.

Julieta: En realidad, siempre lo que me gustó mucho de esta obra es que en realidad con dos sillas funciona, porque lo que importa es el mundo que se construye entre estos dos personajes. Pero, también es cierto, que cuando llegaron las butacas fue un cambio grande para nosotros. Sobre todo porque están muy pegadas, así que realmente construye algo de verdad: estás en contacto constante, tocando a la otra persona, y no hay forma de esquivar esa proximidad. Además, de que Lucía -personaje de Julieta Sverdlick- es insoportable y se le tira encima, pero incluso si quisiera no podría evitarlo. Es un viaje de seis horas, un montón de contacto.

Lucía: Desde que hago esta obra, y nos pasa a las dos —que siempre nos mandamos mensajes—, estás mucho más atento a cómo viajas. El otro día me subí a un colectivo, me tomé el 57 para ir a Pilar, y pensé: “Dios mío, soy una Lucía cualquiera, pero mucho menos simpática, durmiéndome en el hombro de otro.” Literalmente, la proximidad es clave para mí en esta conexión entre estas dos mujeres: la incomodidad que siente Mirna y el permiso que le da Lucía para estar tan cerca.

Esa tensión máxima funciona igual con sillas, pero cuando llegaron las butacas, coincidimos con Juli en que estábamos mucho más cerca, sin apoyabrazos que te permitan escaparte un poco, con la cancha muy marcada. Hay movimientos que no podés hacer, pero me parece espectacular porque genera una zona de juego, una cancha que le da vida a la historia.

—Metiéndonos un poco en sus personajes, ¿cuánto sienten que tienen ustedes de sus personajes y qué es lo que más les gusta del personaje de la otra?

Julieta: Lo hablamos un montón, y siempre decimos que yo soy más Lucía y ella es más Mirna en la vida real. Ojo, esperando no ser tan extremas ninguna de las dos, pero es real. Lucía es muy intensa, y yo también me considero intensa. Aunque espero tener un poco más de conciencia y regular un poco más ese lado mío. Pero sí comparto.

Pero sí, es real que hay algo del entusiasmo de Lucía, de querer conectar con el otro, de charlar hasta por los codos, que es algo que también tengo la vida. También, tengo otros lados que equilibran un poco eso. Pero sí, si somos medio parecidas en esos extremos llevados al mundo real no tan extremo.

Lucía: Sí, me identifico mucho con Mirna en varios puntos. Lo que más me gusta es su nostalgia. Soy muy nostálgica, y hay algo de vivir un poco en el pasado, un poquito mirando para atrás, que por supuesto es algo que me gusta, pero es algo que también padesco porque -obviamente- me impide disfrutar el presente muchas veces. Entonces hay algo de su sensibilidad y de su mirada nostálgica -y casi que idealista e infantil en muchas cosas- como decir: «bueno, vuelvo al pasado ahí va a estar la solución…», como si el mundo hubiera quedado frenado y el mundo no es así, pero me encanta, me reidentifico con esa mirada.

Después hay algo en su estructura, en su rigidez, ahí no me identifico para nada. Es más, yo soy la tipica que se me sientan a hablar, te sigo o te remo cualquier conversación, no te cierro la puerta. En eso soy más blanda, más amigable -simpatíca, creo- que Mirna. Pero bueno, también la entiendo y la trato de comprender mucho porque está en sus problemas, en su nube, y esta mujer (refirirendose a Lucía) viene a hacer mucho ruido cuando ella necesita mucha más quietud y silencio.

Lo que más me gusta de Lucía, y que Juli no dijo, es ese desparpajo que tiene. Porque ella se anima a decir en voz alta cosas que para Mirna son imposibles hasta de imaginar, y ella lo pone en palabras. Lucía se lanza por impulso, y es lo que a Mirna -y a mí también, Luli- me cuativa y me fascina de ese mundo. Me encantaría ser más así.

Julieta: Sí. Yo creo que Lucía dice algunas cosas casi sin ser conciente de lo que esta diciendo. Como que dice y hace cosas por impulso y quizás si se pusiera a reflexionarlas le daría más cosa o le costaría más, pero le sale natural. Y si, siento que comparto con Lucía ese lado soñador, aniñado. Es muy niña y como que la lleva viva -su niña- como que después eso es algo que la atrapa. Yo intento correrme de ese lugar y que me atrape menos.

De Mirna me parece que esta buenisimo que a pesar de tenes una mega traba y ser super rigida cuando cae en la cuenta de algo, también toma una decisión -que es lo que le falta a Lucía-, y eso me parece que está buenísimo de ver.

—Me gustaría que me cuenten cómo están viviendo la respuesta del público.

Lucía: ¡Ay, amamos! Nos hace muy bien. Para mí es de las obras en las que he trabajado que más me sorprende cómo se mete el público a comentar. Es de esas obras -que yo he estado desde el público- y me encantan porque me habilita a reírme fuerte, a comentar un poco, a decir cosas.

Creo que hay algo universal en la trama: todos nos sentimos alguna vez de un lado o del otro, y eso está buenísimo. A mí me ceba, me gusta mucho, también me cuesta un montón porque se ríen con Lucía (Julieta Sverdlick). La primera mitad de la obra es una dualidad tremenda, donde tengo que meterme en el flujo de pensamiento de Mirna y un poco “cerrarme” al público, porque si me dejo llevar, me quiero reír con los juegos que propone Juli, y es como: “¡Ay, qué guachada!” Quiero reírme y no puedo y después, de la mitad para adelante, lo tomo todo, todo, todo, y me encanta.

Además, nos pasó algo muy divertido el otro día: cuando Lucía dice algo así como “¡Uy, qué difícil! Los chicos, los niños…”, porque ella anima fiestas infantiles y tiene que tener mucha paciencia. Una señora en la última fila dice: “¡Uy, hay que tener mucha paciencia!” Y después nos dijeron que era maestra jardinera. Entonces, «la gente se ríe de la risa de la gente», y eso es espectacular.

Julieta: A mí nunca me había pasado en ninguna otra obra que el público se meta tanto. Muchas veces, porque bueno Lucía tiene esta cosa de que le cuesta decir las palabras y queda un poco trabada queriendo decir algo, y la gente termina completando frases o explicando. Yo digo: «tu medio citríco, tu, tu..» y la gente termina diciendo: » tu media naranja», y de repente te completan la frase y te eplican. Se escucha tipo: “¡Ah, no entendió!”

Lucía: Es como una obra comentada, te juro. O los típicos “¡Uh!” en el momento de la revelación, los “¡Ah!”… . Pero nos encanta, es un signo de que el público está ahí con nosotras, viviendo la experiencia.

Julieta: Y lo otro que hablamos mucho y que esta buenísimo es que no me paso tanto en otras obras. Vas a otras obras y te comentan «muy bueno tal actor» o «muy divertido el momento», «que linda tal canción». Y en esta obra, la gente se lleva el viaje emocional. Nos dicen cosas como “Me pasa lo mismo, soy igual a tal personaje”, “Qué bajón que ella no pueda”, “Qué bueno que la otra sí pueda”. Hay algo muy fuerte de lo que plantea la obra que prima por sobre todo lo demás. Y eso está buenísimo porque nos confirma que todas las piezas están funcionando para lo que deben funcionar: transmitir ese mensaje que la obra quiere contar.

—¿Qué creen que es lo mejor de la música y las canciones en vivo en la obra? ¿Qué aportan, qué cuentan, qué encontraron con ellas?

Lucía: Uff, mirá, como actriz y cantante te digo que, más allá de que la obra fue escrita como texto y funciona perfecto sin canciones —de hecho, hicimos el ejercicio de hacerla sin y funciona—, creo que la música realza el mundo interior de los personajes, todo lo que no dicen. Entonces, creo que ahí está la riqueza y es lo que a mí me enamora y cautiva del musical.

Después, están las canciones que hacen avanzar la trama, como las últimas. Y a mí hay una que fundamentalmente me cambia el viaje del personaje, que es la canción que canta Lucía «Había una vez una chica», esa sí te diría que es de la que hacen avanzar la trama. Aunque yo no la canto, la escucho y la recibo, es fundamental para el viaje de Mirna, porque hace toda la diferencia: ablanda capas, la desnuda, le da el permiso para abrirse con la otra persona. Esa es la que más disfruto desde mi lugar de espectadora, de escucha activa.

Y la última canción, “Un caramelo, una decisión”, es liberadora, catártica, divertida, un placer hacerla. Me da la escalada necesaria para tomar la decisión que tiene que tomar el personaje en ese momento. Esa no puede faltar, es clave.

Julieta: Me encanta, porque Lucía (Krüsemann) habló mucho desde adentro de la construcción y narrativa, y yo voy a decir cosas más exteriores. La música nos permite crear un mundo un poco más fantasioso, que hace que nos levantemos de las butacas aunque estemos en un colectivo. Nos da permiso para extender ese mundo, para que se vean otras cosas, jugar con el espacio. Es como un agregado, como si fuese a poner una lupa fantasiosa a la cabeza de ellas. Es como si te metieses en un Walkman…

Y también -instrumentalmente como actrices-, lo disfruto un montón. A las dos nos gusta cantar, y lo que se genera juntas con la música me enriquece mucho el viaje y el trabajo. Desde lo técnico aporta mucho mundo y espacio para explorar.


Caramelos para el viaje volvió al escenario porteño y no lo hizo como una repetición mecánica, sino como un viaje nuevo cada vez. Con la fuerza de dos voces que se reinventan y la música que palpita en vivo, la obra se adentra en la complejidad de la convivencia, la nostalgia y la incomodidad de la cercanía. Es un musical que, entre risas y silencios, habla de lo humano sin pedirnos ser felices a la fuerza.

Se presenta los sábados a las 22:30 en NUN Teatro Bar, con sólo cuatro funciones restantes que no podés dejar pasar. Si aún no subiste a ese micro, este es el momento. Y si ya viajaste, la invitación es volver a sentarte y escuchar nuevas capas que esta puesta renovada promete revelar.

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