«El funeral de los objetos» vuelve a escena: Nicolás Manasseri y un musical que no deja de crecer

Desde hace seis años, El funeral de los objetos se anima a poner en escena una pregunta incómoda y profundamente contemporánea: ¿Qué lugar ocupan los objetos en nuestra vida emocional? El musical creado por Nicolás Manasseri y Fernanda Provenzano regresa a la calle Corrientes con una temporada renovada en Paseo La Plaza, luego de más de 150 funciones, miles de espectadores y un recorrido que atravesó salas independientes, festivales y escenarios comerciales sin perder identidad ni potencia.

Lejos de la comedia musical tradicional, la obra construye un universo propio donde el humor convive con el duelo y la reflexión. A partir de un extraño funeral colectivo, distintos personajes se despiden de objetos cargados de deseos, frustraciones, miedos y recuerdos, dando forma a un grotesco musical que invita a reír, conmoverse y mirarse en escena.

En esta charla con El Walkman, Nicolás Manasseri —autor, director, actor y parte esencial del engranaje creativo de la obra— reflexiona sobre el crecimiento sostenido del espectáculo, la relación viva con el público, el trabajo colectivo y las razones por las que El funeral de los objetos sigue encontrando algo nuevo para decir en cada función.



—Lo que más nos moviliza es el público y las reacciones que genera la obra cada vez que se presenta. Sentir que está viva y que hay gente esperando verla siempre es una gran excusa para volver a hacerla. Año tras año notamos que la obra sigue creciendo y nos vamos haciendo cargo de ese crecimiento, renovándola y profundizando distintos aspectos.

Es una obra que ya tiene más de cinco años y, con el paso del tiempo, las interacciones entre los actores se van enriqueciendo cada vez más. Esa evolución constante, tanto en escena como en el vínculo con el público, es lo que nos impulsa a seguir poniéndola en cartel.


—Siempre aparecen condimentos nuevos. Por un lado, nosotros como actores ya tenemos mucha más experiencia con la obra, y por otro, temporada a temporada se van renovando cosas, tanto en la música como en pequeños detalles de la puesta. Es una obra que, función a función, sigue siendo la misma, pero a la vez siempre sale diferente.

Además, cada espacio y cada escenario nuevo la transforman. Durante 2025 estuvimos mucho de gira, y eso hace que la obra se vaya amoldando a cada lugar. Ahora la expectativa está puesta en sostenerla dentro del ámbito comercial por tercera vez consecutiva. Es una obra que nació en el teatro independiente y este es ya el tercer año en el teatro comercial, algo que para nosotros implica un compromiso muy grande: estar siempre a la altura de las circunstancias.



—Con Fer Provenzano veníamos trabajando desde hacía muchos años en un seminario y también en nuestra productora independiente, PHEPANDÚ, junto a otros compañeros. En ese proceso, después de explorar el material desde un lugar más ligado al teatro físico, lo primero que apareció fue el título de la obra, que nos resultó muy potente.

Con el paso del tiempo llegó la pandemia, se cerró todo y aparecieron esos momentos de estar en casa, revisar qué cosas tirar, qué conservar y qué ya no hacía falta. Ahí surgió con mucha fuerza el vínculo con los objetos. Nosotros hacemos teatro musical, pero no en el sentido clásico que suele conocerse, y nos pareció que había una excusa muy interesante para hablar de estas cuestiones desde ese lenguaje.

El humor apareció como el condimento clave para abordar temas ligados a la pérdida y a emociones más difíciles. Así nació la idea de una especie de terapia alternativa, donde la gente se reúne para desprenderse de un objeto al que tiene un apego exagerado. Cada objeto abre una historia distinta, con desencuentros, duelos y conflictos propios de cada personaje. Todo el tiempo hay una conexión entre el humor y la reflexión, y creo que ahí radica gran parte del éxito de la obra: en ese grotesco musical en el que por momentos no sabés si reírte o llorar, pero del que seguro salís un poco transformado y conmovido.


—La verdad es que cada vez que terminamos una función nos queda la sensación de que la obra sigue. Nunca podemos despedirnos del todo, porque sentimos que, por lo que pasa con el público, El funeral de los objetos tiene que seguir en cartel. Es una obra que la gente recomienda mucho, y eso para nosotros es clave.

Con el paso del tiempo y al movernos por distintos circuitos —teatro independiente, teatro comercial, funciones en Buenos Aires y en ciudades como Mar del Plata— fuimos entendiendo que la obra tiene un abanico muy amplio de espectadores. Hay funciones en las que el público se ríe muchísimo y otras en las que las risas son menos evidentes. A veces incluso nos preguntamos cómo lo habrán vivido, y sin embargo el final llega con un aplauso largo y sostenido que confirma que la gente atravesó muchas emociones, aunque no siempre se expresen en la risa.

Ese aplauso final es algo que nos llena de energía y nos impulsa a seguir en esta profesión, en este oficio tan independiente y autónomo.



—Son lugares en los que me gusta mucho navegar. Creo que ahí está parte de la magia del teatro, y más aún del teatro musical, que obliga a distintas disciplinas artísticas a conjugarse en un mismo aquí y ahora.

Yo me sumé como actor a la obra recién en la función número 40 y hoy ya llevamos más de 150 funciones, así que tengo más de cien funciones realizadas. Cuando entré a actuar fue cubriendo un reemplazo y, con el paso del tiempo, me quedé en el rol. En ese momento la obra ya estaba dirigida y montada, con todo el trabajo escénico previo ya realizado.

Eso hizo que, al actuar, intentara apoyarme en esa base y, en la medida de lo posible, salir del lugar de la dirección. Si bien muchas veces el actor termina siendo autor de sus propios movimientos, en esta obra trato de soltar ese control durante la función. Todo el enfoque general —luces, escenografía, puesta en escena y dirección de actores— se trabaja mucho en la previa, y después el desafío es hacer la función y permitirse disfrutarla.


—El inicio de la obra tuvo mucho que ver con convocar a personas que conocíamos y con las que teníamos ganas de trabajar. Con el paso del tiempo algunos actores fueron cambiando, aunque hay una base muy grande que se mantiene desde hace seis años y que dejó una huella muy fuerte en la obra.

Como El funeral de los objetos tiene un código teatral muy potente y una expresividad corporal intensa, lo primero que buscamos son actores. Después, que puedan cantar y bailar. No nos regimos por la lógica clásica de la comedia musical, donde primero está el canto y la danza y recién después aparece la actuación. Para nosotros es al revés: el teatro es la disciplina central, y todo lo demás viene a sumar potencia a lo teatral.

También trabajamos mucho desde la idea de grupo. Nos importa que haya buena gente, con buena energía, compromiso, seriedad y profesionalismo, más allá del talento artístico de cada uno. Es un combo que hace posible sostener un trabajo de teatro autónomo e independiente en el tiempo.


—Quienes vuelven van a descubrir que siempre es una obra distinta. Muchas veces pasa que la segunda o la tercera vez la disfrutás incluso más que la primera. No porque la primera no funcione, sino porque ya sabés un poco a qué prestar atención, qué dejar pasar, y la obra empieza a desplegar mucha más información y “metadata”. Cuando uno ya tiene una idea de lo que va a ver y conoce algo de las canciones, todo eso se potencia.

A quienes llegan por primera vez les diría que se dejen llevar. Que entren de a poco en el mundo que propone la obra y que seguramente se van a ver reflejados en varios de los personajes, no solo en uno. Creo que ahí está parte del éxito de El funeral de los objetos: desde un lugar lúdico, contemplativo y reflexivo, el espectador empieza a descubrir que todos tenemos una relación particular con los objetos y con lo que representan. Hay siempre algo de la historia personal de cada uno que se pone en juego, y eso que van a ver en escena también tiene algo de su propia historia.


Con más de seis años en cartel, El funeral de los objetos sigue demostrando que el teatro musical también puede ser un espacio de pregunta, de juego y de emoción profunda. Lejos de fórmulas cerradas, la obra creada por Nicolás Manasseri y Fernanda Provenzano se renueva función a función, sosteniéndose en el vínculo con el público, en el trabajo colectivo y en una mirada sensible sobre aquello que nos acompaña, nos pesa y nos constituye.

En tiempos de vínculos frágiles y afectos puestos en pausa, este extraño funeral se convierte en un ritual compartido donde la risa convive con el duelo y donde cada espectador encuentra, inevitablemente, algo propio para despedir —o para conservar.


📍  Paseo La Plaza (Av Corrientes 1660, CABA)
🗓️ Desde el 8 de enero –  todos los jueves de enero y febrero a las 22 hs .
🎟️ Entradas disponibles en Plateanet o en la boletería del teatro.


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