«Harto»: ¿Hasta dónde puede llegar alguien antes de romper el silencio? El límite del hartazgo en escena. Ángel Blanco y un unipersonal que no deja de impactar tras su reestreno.

¿Qué empuja a alguien hasta el límite del hartazgo? En Harto, el unipersonal escrito e interpretado por Ángel Blanco y dirigido por Julián Belleggia, esa pregunta se vuelve cuerpo en una escena tan incómoda como imposible de esquivar: un hijo que, en medio de una espera en una cámara Gesell, intenta poner en palabras lo impensado —haber mordido a su padre.

En su segunda temporada -que se presenta los domingos a las 20hs en El Método Kairós– la obra se sumerge en ese umbral donde lo íntimo se expone y lo contenido finalmente irrumpe. Por eso, hablamos en exclusiva con Ángel Blanco sobre el proceso de creación de una pieza que no busca respuestas fáciles, pero sí dejar una marca. Enterate de todo a continuación.


La obra transcurre durante una espera en una cámara Gesell, un espacio donde alguien está siendo observado y analizado. ¿Qué te interesaba explorar de ese estado de espera y de exposición psicológica del personaje?

-Me interesaba hacer un paralelismo con la espera en la vida. En un momento el personaje dice: “perdemos mucho tiempo esperando las promesas de otros”, y justamente eso era lo que quería explorar. La obra transcurre en un espacio de espera donde el público se vuelve testigo —y de algún modo también partícipe— de lo que el protagonista empieza a narrar mientras atraviesa ese momento desesperante.

La cámara Gesell me parecía un dispositivo muy potente para eso, porque es un lugar donde alguien está siendo observado y analizado. En ese sentido también dialoga con la vida misma: vivimos en un mundo donde todo el tiempo observamos, opinamos y sacamos conclusiones sobre los demás, pero muchas veces sin detenernos realmente a mirar qué es lo que está pasando.

Además, me interesaba que durante los 60 minutos de la obra el público esté activo emocionalmente, que no sea solo un espectador pasivo sino alguien que también se vea interpelado por lo que aparece en escena.

Ángel Blanco, autor y protagonista de «Harto». Foto cortesía Natalía Bocca.

“Harto” cuenta con una imagen muy potente o incomoda la cual se ve reflejada en escena de forma concreta ¿Cómo apareció esa escena dentro del proceso de escritura y qué preguntas te empezó a abrir sobre los límites del hartazgo humano?

Tenemos muy instalada la imagen del padre como figura protectora. Pero también vemos, muchas veces, que detrás de esa imagen pueden ocurrir situaciones de violencia o de abuso de poder. A partir de ahí apareció la primera pregunta que disparó esa escena: ¿Qué pasaría si ese vínculo se invierte? ¿Qué sucede cuando la reacción aparece desde un lugar de defensa?

Esa imagen empezó a abrir muchas preguntas dentro del proceso de escritura: ¿a quién se juzga realmente en una situación así? ¿Qué tiene que pasar para que una persona llegue a ese nivel de hartazgo? ¿Por qué muchas veces soportamos tanto antes de poder expresar lo que nos sucede?

Y también apareció una pregunta más grande: ¿somos únicamente responsables de nuestra salud mental o hay también un sistema —familiar, social, institucional— que muchas veces empuja a que un adulto que fue herido en la infancia continúe ese camino sin poder reparar lo que le pasó?


-“Harto”, es un unipersonal donde sos al mismo tiempo dramaturgo e intérprete. ¿Cómo fue el proceso de construir a Gustavo desde adentro, poniendo el cuerpo a un texto que también nace de tu propia escritura?

-El proceso fue muy lento y muy rico. Escribí el texto en soledad durante casi cinco años, dándole forma de a poco. A medida que la obra iba creciendo, también se iba nutriendo de experiencias personales. Como artista me interesa mucho crear a partir de disparadores que tienen que ver con lo vivido, con lo emocional y con la observación de la realidad. En ese proceso apareció Gustavo como protagonista y fue tomando cada vez más color y profundidad. Pero el personaje realmente empezó a transformarse cuando el proyecto se abrió al equipo creativo que me acompaña: dirección, diseño sonoro, asistencia, luces, voz en off, diseño corporal y vestuario. Cada uno fue aportando su mirada y su sensibilidad, y eso hizo que el mundo de Gustavo se expandiera.

Al mismo tiempo, el personaje también sigue creciendo función a función. Con el público presente, Gustavo se potencia porque se siente contenido y acompañado. De alguna forma, el público termina de completar esa construcción con sus respiraciones, sus risas, sus silencios y sus aplausos. Ahí se confirma que, por un rato, todos estamos hablando el mismo idioma dentro de esa ceremonia teatral.

Ángel Blanco es «Gustavo» en «Harto». Foto cortesía Natalia Bocca.

-La obra deja flotando una pregunta muy directa: ¿Qué nos lleva al hartazgo de hacer algo así?, con lo cual te quiero preguntar: ¿Sentís que el teatro puede ser un lugar para mirar de frente esas zonas incómodas que muchas veces evitamos en la vida cotidiana?

Sin dudas. Para mí el arte en general es, al mismo tiempo, un refugio y un espejo. Un refugio porque nos permite habitar emociones y preguntas en un espacio cuidado, pero también un espejo porque muchas veces nos muestra cosas que en la vida cotidiana preferimos no mirar o que postergamos diciendo: “esto lo resuelvo después”.

Y muchas veces ese “después” no llega. Vamos acumulando capas, silencios, cosas no dichas, y en algún momento eso aparece: a veces en situaciones extremas y otras en formas que naturalizamos, como cuando el cuerpo se enferma o cuando ciertas violencias se vuelven parte de lo cotidiano.

Por eso siento que el teatro tiene una potencia muy grande para mirar de frente esas zonas incómodas. Y, personalmente, es el tipo de teatro que me interesa ver como espectador y también el que me interesa hacer como creador.


-Siendo esta la segunda temporada de “Harto” en El Método Kairós ¿Qué cambió en vos o en el material entre la temporada anterior y la actual?

Cuando uno estrena un material nuevo siempre aparece la duda de cómo va a ser recibido. En la primera temporada de Harto existía esa incertidumbre, porque es un texto fuerte y una experiencia bastante intensa para el espectador. Pero la obra tuvo una muy buena recepción y eso fortaleció mucho la confianza: en la interpretación, en la historia que se cuenta y en todo el equipo que sostiene el proyecto.

En esta segunda temporada siento que la obra está más asentada. Se reforzó la potencia que tiene la historia y, como consecuencia, también la interpretación creció. Además, algo muy lindo que empezó a pasar es que el público llega sabiendo que va a vivir una experiencia teatral de la que probablemente no salga igual que cuando entró.

Esa confianza con el material y con el encuentro con el público es, para mí, lo que más cambió de una temporada a otra. Función a función la obra sigue creciendo.

-¿Qué tipo de clima o energía se genera en la sala durante la función y cómo sentís que el público entra en ese universo tan íntimo del personaje?

Se generan muchos climas distintos durante la función, y eso se percibe muy claramente desde el escenario. El público entra como testigo de lo que el personaje empieza a contar, y desde el ingreso a la sala se instala una especie de respeto, casi como una ceremonia teatral.

Durante el espectáculo pasan muchas cosas: el público ríe, suspira, se mueve en la butaca, a veces se emociona o llora. Y creo que eso sucede porque está muy abierto a escuchar al personaje. A medida que lo va conociendo, empieza a aparecer una sensación de cercanía, de empatía.

En algún punto Gustavo deja de ser solo un personaje y se vuelve un par. Muchos espectadores sienten que, de alguna manera, está diciendo cosas que también los atraviesan a ellos. Por eso el público entra en ese universo de una forma muy fluida y muy atenta, acompañando todo el viaje que propone la obra.


Después de atravesar la historia de Gustavo y su punto de quiebre, ¿con qué sensación o pregunta te gustaría que el espectador salga del teatro los domingos en El Método Kairós?

Me interesa mucho que se genere debate, y es algo que efectivamente está pasando. Muchas personas salen de la función y se quedan conversando, discutiendo, intercambiando miradas sobre lo que vieron. Y eso me parece muy valioso.

Vivimos en un tiempo donde muchas veces perdemos la opinión propia y terminamos repitiendo lo que escuchamos que dicen otros. Por eso me gustaría que cada espectador que venga a ver la obra vuelva a preguntarse si lo que está viviendo es realmente lo que quiere o si responde más a mandatos o a estructuras que se nos imponen.

Y, sobre todo, me gustaría que se vaya con la sensación de que ir al teatro sigue siendo una experiencia transformadora. Que durante un rato uno puede mirarse, incomodarse, emocionarse y salir distinto a como entró.


En tiempos donde todo parece resolverse con una opinión rápida o un scroll infinito, Harto propone lo contrario: detenerse, incomodarse y mirar más de cerca. Tal vez ahí, en ese espacio suspendido entre lo que se dice y lo que se calla, aparezca algo más que una respuesta. Porque sí, el hartazgo es un límite y también puede ser un punto de partida.

«Harto», se presenta los domingos a las 20 hs en El Método Kairós (El Salvador 4530). Y esta invitación no es solo a ver teatro, sino a atravesarlo. Y salir —aunque sea un poco— distinto.

Si esta historia te dejó pensando —o te hizo ruido en algún lugar incómodo—, en El Walkman hay más notas que invitan a mirar un poco más de cerca eso que a veces preferimos esquivar.

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