El tango, a veces, no suena: aparece. Como un bar que se arma solo en la cabeza. Como una historia que vuelve cuando ya creíamos haberla escuchado entera. Ellas son tango ocurre en ese lugar impreciso donde la memoria no se queda quieta y el pasado decide moverse.
Desde El Walkman asistimos a la función de prensa y lo que pasó en la noche del Teatro Astral fue algo difícil de reducir a una sola palabra. Durante casi dos horas, el escenario se convirtió en una noche porteña sostenida por canciones, cuerpos y relatos que no piden permiso ni explicaciones.
Ellas son tango se aleja de cualquier forma de solemnidad y construye una atmósfera viva, sostenida por canciones que llegan sin anunciarse y relatos que suenan a confesiones. Sobre las tablas, poco a poco, se dan cita Tita Merello, Libertad Lamarque, Nelly Omar y María Nieves: cuatro mujeres que dejaron huella no sólo por lo que hicieron, sino por cómo se plantaron en escena y en su época. No como figuras del pasado, sino como presencias que siguen hablando.
Cada actriz brilla en su momento. Marisol Otero, Anita Martínez, Julia Calvo y Andrea Ghidone entienden que juntas son mucho más que la suma de sus individualidades: se escuchan, se acompañan, se sostienen.
El hilo que mantiene todo unido es la voz del Chino Laborde. Desde el primer minuto guía al público por esta noche de tango con una presencia firme y cercana, que no invade pero tampoco se diluye. Cuando canta, la sala responde —no por costumbre, sino por necesidad—. A su alrededor, la música en vivo le da respiración al espectáculo: nada suena automático, todo está ocurriendo ahí, en tiempo real.
Los bailarines y bailarinas completan el cuadro con una energía que no busca el lucimiento vacío. Hay fuerza, precisión y disfrute, y eso se siente. El aplauso aparece muchas veces antes de que la escena termine. La música en vivo sostiene ese clima y lo empuja hacia adelante, mientras más de veinte artistas en escena hacen que el espectáculo esté siempre en movimiento, respirando al ritmo del 2×4.

La puesta convive con la tradición sin quedar atrapada en ella. El tango no aparece como una pieza intocable, sino como un lenguaje que sigue encontrando cuerpo. Bajo la dirección de Andrea Ghidone, todo está en movimiento: la música, la escena, las emociones. Nada se queda quieto, nada se cristaliza.
A lo largo de la noche suenan canciones que forman parte de nuestra identidad y de la memoria afectiva. Cada tema funciona como una llave: abre un universo, transporta al público a una imagen, a una voz, a una vivencia. En cada interpretación se genera algo íntimo entre el escenario y la platea, un ida y vuelta a veces coral, a veces silencioso, que anticipa la ovación. Hay algo que no se explica con palabras y, sin embargo, se siente en el aire.
Ellas son tango no intenta explicar el género ni fijarlo en un lugar cómodo. Invita a quedarse, a escuchar, a dejar que la música despierte recuerdos y que los cuerpos digan lo que las palabras no alcanzan. En ese ida y vuelta silencioso entre escenario y platea, el tango aparece vivo, presente, lejos de la nostalgia. Como una emoción que vuelve a encontrar su forma y sigue latiendo.
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