«Tus buenas chauchas», el monólogo que nació para despuntar el vicio de actuar y se convirtió en el suceso del off que lleva tres temporadas enamorando al público.

Olga cocina, espera, recuerda y sueña con Omar. En Tus buenas chauchas, ese acto cotidiano se transforma en poesía viva: un aroma, un gesto, una palabra que inunda la sala y hace que la soledad, el deseo y la memoria se vuelvan tan cercanos como universales. Victoria Arrabaça despliega humor, ternura y emoción, y el Teatro Nün se llena de magia.

Este domingo 22 y el próximo 29 de marzo a las 16:30 hs serán las últimas funciones de la tercera temporada. Una oportunidad para acercarse a esta historia íntima y poética antes de que cierre, donde lo cotidiano se vuelve enorme y lo invisible —el amor, la espera, los recuerdos— toma cuerpo en la escena. Las entradas se consiguen en la boletería del teatro o haciendo click acá


En esta nota conversamos con David Masajnik, director de la obra, sobre el origen de esta historia, la construcción de la puesta, el trabajo con la luz, la dirección y la respuesta del público que sigue acompañando esta historia de amor, humor y minimalismo poético.


—¿Cómo nació «Tus buenas chauchas«?

—La verdad es que nos encontramos con la obra sin proponérnoslo. Fue un proyecto que empezó de una manera muy particular. Yo viajaba a Uruguay a hacer temporada en Punta del Este con la obra de Susana Giménez, Piel de Judas, y como iba a estar dos meses le propuse a Vicky (Arrabaça) —mi compañera en la vida y además actriz— que venga conmigo. Sabía que dentro del elenco había dos chicos uruguayos que regenteaban un teatro en Maldonado, entonces pensamos en aprovechar ese acceso a un espacio y hacer algo.

En un principio iba a ser un monólogo de humor que Victoria iba a compartir con otro actor uruguayo, pero eso se cayó y ahí retomamos unos textos de Dalia Elnecavé. A partir de ese material empezamos a hilvanar distintas piezas y a construir lo que terminó siendo la obra.

«Tus buenas chauchas» no es una obra convencional: tiene un desarrollo y un final, pero la dramaturgia la armamos nosotros a partir de textos y poesías que Dalia nos pasó, uniéndolos a través de las acciones de Olga mientras espera la llegada de Omar.

No había ninguna expectativa más que hacer algo en ese tiempo, que Vicky no estuviera dos meses como turista mientras yo trabajaba y poder despuntar nuestro vicio hermoso de actuar. En ese contexto también apareció mi primera experiencia como director: no me considero un director ni tengo formación en eso, lo que tengo son casi 40 años como actor, y desde ahí encaré el proceso, en un clima muy relajado, muy amoroso y sin presión.

Así se fue dando todo, y terminamos encontrándonos con un material que es una belleza, muy estético, muy poético, muy lindo de ver y de escuchar.

En escena. Victoria Arrabaça es «Olga». Foto: cortesía Kevin Melgar Prensa

—Están transitando la tercera temporada de Tus buenas chauchas. ¿Cómo están viviendo este momento y qué se imaginan para lo que viene?

Estamos felices. Nos quedan dos funciones y después veremos. La obra la venimos haciendo hace tiempo, ya es la tercera temporada, y tiene algo que nos permite movernos con bastante libertad: es un espectáculo nuestro, fácil de montar y de desmontar. Tiene muy pocos elementos escenográficos. Son cosas simples —una silla, un silloncito, una mesa— que aparecen en escena y después vuelven a casa, no hay ninguna complicación en ese sentido. Eso también hace que podamos pensar en distintos formatos de circulación. Cuando terminemos esta temporada, la idea es ver qué pasa: intentar ir a festivales, hacer funciones aisladas o vendidas. Y también estamos en búsqueda de algún productor que nos acompañe en esta experiencia.


«Tus buenas chauchas» no es una obra convencional: tiene un desarrollo y un final, pero la dramaturgia la armamos nosotros a partir de textos y poesías que Dalia nos pasó, uniéndolos a través de las acciones de Olga mientras espera la llegada de Omar.

David Masajnik

—Me quedé pensando en el minimalismo de la obra. A veces parece una decisión estética y otras una necesidad. ¿Cómo se llegó a decir “estos son los elementos que tienen que estar”?

No es algo tan pensado desde lo estético en un inicio, es más producto de la realidad. El espectáculo se montó en un teatro donde nos prestaban el espacio y no había nada, teníamos que resolver con lo que había a mano. No teníamos producción, esto se hizo con cero pesos. Viajamos con los textos; de hecho, yo viajé primero y empezamos a ensayar por Zoom. En esos primeros ensayos también participó Dalia (Elnecavé), que además de ser una gran escritora y actriz, es una gran directora y una amiga a la que queremos mucho. Cuando llegó Vicky, seguíamos sin nada. Entonces fue: ¿qué hay en el teatro? Había una mesa. Bueno, el texto empieza: «Olga cocina mientras espera a Omar, escuchando “Alma mía” «, que ya venía desde la dramaturgia. Y a partir de ahí empezaron a aparecer ideas.

Con el tiempo me doy cuenta de que había algo que me interesaba de ese minimalismo, aunque no lo pensara tanto en ese momento: que el espacio sugiera una casa pero no esté definido como tal, que funcione más como la mente de ella. Es una casa sin puertas, el televisor no está enchufado, el teléfono tampoco. Suena un timbre y ella reacciona, pero no hay nada. Todo pasa en su cabeza.

Los elementos de la cocina me parecían nobles, porque traen algo del amor, de la espera. La espera del otro y la espera de la cocción. En un momento incluso apareció la idea de que Olga estuviera cocinando a Omar, que lo estuviera preparando a él, pero eso después se fue decantando, perdió fuerza en el hacer y quedó algo más ligado a un amor más puro, a ese vínculo con un personaje que nunca aparece.

Después surgieron otras cosas, como el momento del cuadro espejo. La idea inicial era que fuera una puerta, pero me resultaba demasiado obvio, le daba salida. Y me interesaba más pensar que todo es un loop, que ella está encerrada en ese universo, en su mente, sin salida. Empieza de una forma, termina de la misma forma y vuelve a empezar. Y así queda.

En escena. Victoria Arrabaça es «Olga». Foto: cortesía Kevin Melgar Prensa

—En la obra la luz parece acompañar a Olga casi como un personaje más. ¿Cómo se construyó esa puesta?

—Fue un trabajo compartido. La persona que me acompañó no quiere aparecer porque es un amigo que fue puestista de luces durante mucho tiempo. Y yo, insisto, no es falsa humildad, es la realidad: nunca dirigí ni hice una puesta de luces, pero sí tenía ideas. Ahora ya lo puedo decir porque él me quiere: se llama Omar Possemato, que es un gran puestista de luces y hoy también está en la actuación y la dirección. Él me dijo: “yo te doy una mano, pero es todo tuyo”. Incluso en un momento habíamos pensado poner un nombre ficticio, él me dijo: «poné que Sergio Gómez te ayudó» pero no tenía sentido.

Yo le acercaba imágenes. Por ejemplo: en un momento en que ella agarra el teléfono, le decía que quería una luz como de esas películas nocturnas, con lluvia, donde se ve el reflejo de los neones en la calle. Yo tiraba la idea y a partir de eso íbamos construyendo.

Después hay una parte que llamamos “onírico”, que es el recorrido que hace Olga desde que suena el timbre y ella cree que Omar está por llegar. Ahí hay un tránsito, un ida y vuelta entre el perchero y el cuadro espejo, todo con una luz azul. Y eso surgió casi de casualidad: en Uruguay no había muchas opciones de luces, el operador probó con esa y quedó. En general fue así. Todo se fue dando. Como si el destino nos fuera facilitando cosas, acompañando el proceso. Nosotros íbamos medio a tientas, y aparecían decisiones que terminaban siendo las definitivas.

En escena. Victoria Arrabaça es «Olga». Foto: cortesía Kevin Melgar Prensa

—Si te corrés un poco del rol de director y podés verla como espectador, ¿hay algún momento de la obra que te guste especialmente?

Me pone muy nervioso el rol de director. Cuando estás actuando, estás ahí, el cuerpo te lleva, podés resolver cualquier cosa que pase. Pero cuando dirigís es tremendo: de repente entra mal una luz o alguien se traba con un texto y no podés hacer nada. Es desesperante. Dicho eso, hay algo que me gusta especialmente. En realidad me gusta todo, pero sin ninguna duda hay un momento que es maravilloso: cuando ella se sienta y empieza a hablar de todas las formas en las que ama. Ahí el texto es hermoso, pero además lo que hace Victoria es una cosa de locos. La vi en casi todas las funciones y está siempre tan presente, tan conectada con lo que le pasa, que nunca es igual. Siempre es hermoso. Y siempre conmueve.

—¿Cómo vivís la devolución del público?

Me da fuerzas. La devolución del público, en este caso, es muy importante porque además de dirigirlo también lo produzco. Es un espectáculo que nos montamos al hombro con Vicky, y en la realidad que se vive hay muchas adversidades, entonces a veces se hace cansador remar tanto en dulce de leche con proyectos que uno hace con el corazón. Porque esto es puro amor. En mi caso, amor al teatro y amor a ella, que es una actriz hermosa y que con este espectáculo está dando unos pasos gigantescos. Para ella es muy importante, incluso más que para mí. Lo que hace como actriz es realmente descomunal. Entonces cuando pasa lo que pasa con el público, eso me sostiene. Estamos recibiendo devoluciones muy amorosas, muy hermosas, y eso es muy gratificante.

Me alivia y me da fuerza escuchar que a la gente le pasa algo con esto que armamos de una manera tan relajada, sin grandes objetivos, casi desde un “hagamos algo y veamos qué pasa”. Y después pasó más de lo que esperábamos. Entonces ahora es: cuidarlo, sostenerlo y acá estamos defendiéndolo y batallando contra la realidad.


Este domingo 22 de marzo a las 16:30 hs, Tus buenas chauchas tendrá su penúltima función en el Teatro Nün. El comienzo de una despedida que no cierra la historia de Olga ni la poesía de su espera, sino que deja en escena esa mezcla de humor, ternura y emoción que hace que lo cotidiano se transforme en algo más grande: un instante compartido donde la soledad, el deseo y la memoria se vuelven cercanos y universales. En tiempos donde todo apura y acelera, esta obra recuerda que aún hay espacio para mirar, sentir y dejar que el corazón se exprese en pequeñas alquimias de vida.

Las últimas funciones serán los domingos 22 y 29 de marzo a las 16:30 hs, en el Teatro Nün (Juan Ramírez de Velasco 419, CABA). Una oportunidad para acercarse a esta historia íntima y poética antes de que cierre su tercera temporada. conseguí tus entradas acá


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