Silvia: Cuando lo que no se dice resuena más fuerte

Cada domingo a las 20 hs, «Silvia» toma una sala de El Método Kairós y la convierte en un pequeño universo donde lo que no se dice resuena más fuerte. Un módem que no funciona, una madre (Silvina Ambrosini) y un hijo (Félix Walsh) que se esquivan, y un empleado de Fibertel (Leo Camo) que irrumpe en el caos con la frescura de quien no sabe lo que es la vergüenza. Es un mundo que no pide permiso para habitarlo: la dramaturgia de Francisco Ruiz Barlett y la dirección de Lucía García Paredes construyen un relato sin adornos, despojado, que te obliga a mirar(te).

Silvia no busca explicitar grandes conflictos, sino mostrarlos a través de la fricción de lo cotidiano. Cada palabra, cada pausa, cada movimiento tienen un peso que solo se entiende cuando lo vemos, cuando lo sentimos. La obra juega con lo que está roto, lo que se calla, lo que se esconde en la rutina, y obliga a mirar de cerca. En la fragilidad de sus personajes y la sencillez de su puesta, Silvia revela cómo, a veces, los momentos más pequeños pueden decirlo todo.

Para conocer más sobre esta historia, desde El Walkman charlamos con Leo Camo. Esto fue lo que nos contó.


El origen de la historia

La historia de Silvia comenzó en 2023 como una pieza de menos de 20 minutos. En ese primer formato, los personajes principales eran Silvia (hijo) y un empleado de Fibertel, y la trama se limitaba a un encuentro durante tres días de reparación de un servicio de internet. Sin embargo, el resultado de esa breve interacción fue tan potente que impulsó el desarrollo de lo que hoy es una obra de una hora y veinte minutos.

“Cuando la llevamos a formato largo, se sumaron capas, tanto en la escenografía como en la dramaturgia. A la versión inicial de Fran, que ya era muy sólida, le dimos espacio para desarrollarse más profundamente. Se le dio más desarrollo al personaje de Silvia Rivera —la madre de Silvia hijo— y todo fue ganando en complejidad”, explica Leo Camo, el actor que interpreta a Diego, el técnico de Fibertel.

La evolución del espacio y el desafío escenográfico

El paso de un escenario minimalista a uno más completo también marcó un cambio notable. La escenografía de Silvia pasó de contar con unos pocos objetos —dos cubos y un módem— a una disposición más rica y detallada que permite un trabajo actoral más directo y menos simbólico.

“Es un desafío trabajar con los objetos que están en escena. Antes usábamos cubos para simular muebles, pero ahora el trabajo se vuelve más físico, más directo, y eso cambia la relación con los personajes. No necesito hacer el ejercicio de imaginar un sillón si simplemente me siento en uno real”, reflexiona Leo sobre la importancia de los elementos escenográficos, que ahora enriquecen la interacción entre los personajes.


-Y si hablamos de tu personaje, ¿Cómo fue el trabajo de construcción de Diego y qué es lo que más te gusta de él?

-Fue bastante largo el trabajo. Siento que inevitablemente tuvimos que partir de una generalización bastante prejuiciosa sobre este personaje. Y eso es justamente lo que más me gusta: romper el prejuicio, romper el estereotipo. Presentar una maqueta de personaje que, a medida que avanza la obra, va desgranándose y revela una profundidad que uno no espera. Esto me parece una de las cosas más ricas, más jugosas que pude trabajar como actor. Y bueno, después todo lo que tiene que ver con hacer propio el discurso que tiene durante toda la obra me parece un trabajo hermoso, porque es un personaje que siempre tiene algo para decir. Y siempre tiene algo para decir que es hermoso, que vale la pena.

-Es como si la obra fuera un gran monólogo de Diego. ¿Cómo vivís esa tensión con un personaje como Silvia hijo, que casi no habla?

-Es una gran pregunta. A mí me parece que Félix, que interpreta a Silvia hijo, hace un laburo excepcional. Es muy difícil ese trabajo tan pasivo y tan rico, porque dentro de esa pasividad el personaje no deja de mostrar una profundidad inmensa. En primer lugar, sí, se podría tomar la obra como un gran monólogo de Diego y otro de Silvia madre. Pero constantemente, desde la pasividad de Silvia hijo, hay una respuesta que yo, como actor, recibo todo el tiempo. Porque la falta de respuesta es también una respuesta. Eso me da la pauta de lo que mi personaje tiene que ir diciendo. Más allá de lo técnico, que me parece lo menos interesante de charlar, hay un guion hermoso de Fran que permite que Diego diga todo lo que tiene para decir, sin necesidad de estar en una charla constante.


Comedia, drama y esa línea ambigua

A medida que la obra avanza, los momentos de comedia y reflexión se entrelazan, generando una experiencia emocionalmente ambigua para el público.

“Hay un momento, casi al final, en el que estamos los tres personajes en escena. Y aunque es un punto de quiebre, también es un espacio donde nos permitimos distendernos un poco, relajarnos antes de que todo se vuelva más profundo. Es un alivio que se siente tanto en el escenario como en el público», cuenta Leo.

Ese momento de distensión está cargado de una energía que relaja, pero también prepara el terreno para una recta final que mantiene al público pegado a la butaca.


La clave: el trabajo en equipo

En Silvia, la relación entre los miembros del elenco y el equipo se construye sobre una base humana profunda, marcada por una historia común. Silvina Ambrosini, quien interpreta a Silvia Rivera, es la madre de Fran Ruiz Barlett, el dramaturgo. Tanto Félix Walsh como Leo Camo han sido alumnos de Fran, lo que dio pie a una amistad sólida que alimenta el proceso creativo. Lucía García Paredes, la directora, y Lucía Miorelli, la asistente de dirección, también fueron alumnas de Fran, fortaleciendo aún más los lazos.

“Somos un grupo muy unido. La conexión personal es fuerte, pero lo que nos mantiene funcionando es el respeto por los roles de cada uno”, comenta Leo.

Ese equilibrio entre cercanía y profesionalismo es lo que permite que el trabajo fluya con naturalidad. Aunque hay un claro entendimiento de los roles, el ambiente está siempre abierto a sugerencias, especialmente de Fran, que se integran bajo la dirección de Lucía. El trabajo en equipo es clave para preservar la esencia de Silvia donde cada uno sabe cuál es su espacio, y eso permite mantener la magia de la obra intacta.


-¿Cómo vivís la respuesta del público?

La obra la termina de completar el público. Creo que hay dos líneas de reacción: una más cómica, de risa, y otra más sensible. Muchas veces pasa que el público conecta más con una que con la otra, y es muy marcado cuando eso sucede. Es una sala muy íntima, está todo pasando ahí, en la cara del público, y es inevitable como actor no registrar esa reacción. Cuando la risa aparece, a veces tenemos que parar la pelota, bancar un toque y después seguir. Otras veces no hay risa, pero al final ves a la gente salir completamente emocionada, incluso llorando. Las dos respuestas son válidas. Me parece que hacemos una obra que tiene dos niveles: uno más superficial, el cuentito que te hace reír o emocionar; y otro más profundo, que te deja pensando.

Para Leo Camo, hacer Silvia hoy es un privilegio.

“La cultura está atravesando un momento muy difícil, especialmente la cultura independiente. No es fácil sostenerse. Es un privilegio enorme poder llevar adelante una obra en un espacio que amamos tanto, sabiendo que muchos otros trabajadores de la cultura no tienen la misma oportunidad”, reflexiona.

 -¿Qué les dirías a quienes todavía no vieron la obra?

-Me gustaría que vengan. Estamos los domingos a las 20 hs en El Método Kairós haciendo Silvia, que es una obra que les va a encantar. Se van a reír mucho, se van a emocionar mucho. Van a ver a Silvina y a Félix, que son dos actores increíbles. Van a ver una puesta en escena que está bárbara y se van a sorprender con lo que van a ver. Y agrego un dato que es muy importante: si les gusta la literatura, si les gusta Borges en específico, esta es una obra que tienen que ver sí o sí, porque Borges está muy metido en la obra. 


Si llegaste hasta acá, sabés que el arte se escucha distinto cuando se lo mira de cerca.
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