Hay fechas que se vuelven memoria, momentos en los que la historia se convierte en algo confuso, más íntimo, más difícil de explicar. El 2 de abril es una de ellas. No alcanza con repetir la cronología ni con enumerar los hechos, porque la Guerra de Malvinas, desde el comienzo, fue también una experiencia emocional, una mezcla de entusiasmo y desconcierto, de orgullo y derrota, de fervor y silencio, una sensación colectiva que todavía hoy resulta difícil de acomodar del todo, como si aquello que ocurrió entonces hubiese dejado no sólo una marca histórica sino también una forma de mirar, de recordar y de narrar. En ese territorio incierto, donde lo absurdo convive con la dignidad, se inscribe A sus plantas rendido un león, de Osvaldo Soriano, una novela publicada en 1986 que, sin situarse en las islas ni reconstruir la guerra, logra capturar algo más difícil de nombrar: el clima emocional de un país que, por un instante, creyó estar viviendo una épica y terminó enfrentándose con su propia fragilidad.
Osvaldo Soriano siempre escribió sobre perdedores dignos, sobre hombres que llegan tarde, sobre personajes que parecen desplazados de la historia pero que, sin embargo, terminan revelando algo esencial. En A sus plantas rendido un león, esa figura toma la forma de Faustino Bertoldi, un cónsul argentino olvidado en Bongwutsi, un país africano imaginario donde el calor, la soledad y la burocracia construyen una atmósfera que parece suspendida fuera del tiempo. Allí, lejos de todo, la Guerra de Malvinas irrumpe como una noticia distante, pero también como una posibilidad inesperada de sentido.
“Esa mañana, cuando el cónsul Bertoldi fue a visitar la tumba de su mujer, se sorprendió al comprobar que la señora Burnett no había dejado una rosa sobre la lápida. Como todos los viernes, podía verla al otro lado del cementerio, frente al mausoleo de los ingleses. Solo que esta vez la rosa no estaba allí y la señora Burnett le daba la espalda. Pese a los 45 grados llevaba un vestido largo de cuello cerrado, que nunca le había visto, y la capelina que se ponía para las fiestas de cumpleaños de la reina Isabel. Confusamente el cónsul intuyó que algo andaba mal.”
Soriano comienza desde lo mínimo, desde una escena silenciosa, desde un gesto apenas perceptible que anticipa que algo está por cambiar. No hay épica, no hay heroísmo, no hay grandes declaraciones. Hay, en cambio, una incomodidad, una sospecha, una sensación de que la historia, incluso en los lugares más remotos, puede irrumpir de manera inesperada.
Bertoldi vive en ese margen. Es un hombre olvidado, sin amigos, sin contactos, sin relevancia política. Su vida parece haberse detenido en una rutina gris, atravesada por la distancia y por una sensación persistente de abandono.
“Se dio cuenta de que no podría salir de ese lugar porque ni siquiera tenía un amigo y su existencia no contaba para nadie. Las veces que intentó llamar por teléfono en cobro revertido el operador le respondió que ese número ya no correspondía al Ministerio de Relaciones Exteriores.”
Y sin embargo, cuando la Guerra de Malvinas comienza, algo cambia. No en el mundo, que sigue girando lejos de Bongwutsi, sino en el interior del personaje. Bertoldi decide hablar, explicar, improvisar una posición, como si ese gesto mínimo pudiera devolverle un sentido a su propia existencia.
“De golpe no pudo resistir la tentación de dirigirse al pueblo de Bongwutsi para explicar la posición de la Argentina ante el inminente desembarco de los británicos en las Malvinas. Aunque no era diestro en materia de discursos, lo alivió pensar que alguien, al fin, le prestaría atención después de haber sido calumniado, despreciado y prácticamente arrojado en brazos de los comunistas. Así lo dijo, de pie, apenas protegido por el panamá y el impermeable roto por todas partes. Anunció que hablaba desde algún lugar del Imperio donde había puesto a salvo el pabellón nacional y, llevado por el ritmo sofocante de su relato, afirmó que ningún inglés pisaría nunca tierra argentina, ni entraría en el reino de los cielos.”
Ese gesto, absurdo y conmovedor al mismo tiempo, resume la mirada de Soriano sobre Malvinas. No hay grandes batallas, no hay victorias militares, no hay héroes clásicos. Hay, en cambio, una dignidad pequeña, casi invisible, que aparece en medio de la soledad y del desconcierto. Bertoldi no cambia la historia, pero su gesto importa porque revela algo más profundo: la necesidad de pertenecer, de creer, de encontrar sentido incluso cuando todo parece desmoronarse.
Leída hoy, A sus plantas rendido un león sigue funcionando como una forma de memoria de la Guerra de Malvinas. No porque reconstruya la guerra, sino porque captura ese clima emocional, ese instante en el que la historia parecía moverse más rápido que las certezas, ese momento en el que incluso un cónsul argentino olvidado en África podía imaginar que su gesto formaba parte de algo más grande.
Quizás ahí esté la persistencia de Osvaldo Soriano. En esa manera de escribir sobre los márgenes, sobre los personajes que no entran en la historia oficial, sobre la épica mínima que aparece cuando todo parece perdido. Porque en el fondo, cada 2 de abril, la memoria vuelve también a ese territorio incierto donde lo absurdo convive con la dignidad, y donde, como en las novelas de Soriano, los gestos más pequeños son, muchas veces, los que terminan diciendo algo más verdadero.
Si esta nota te acompañó, te invitamos a seguir leyendo y descubriendo otras historias, libros y autores que, como Osvaldo Soriano, encuentran en la literatura una forma de mirar la memoria desde un lugar sensible, incómodo y profundamente humano. En El Walkman creemos en la cultura que se construye con tiempo, con escucha y con comunidad, en esa manera de acercarse a los textos sin apuro, dejándolos resonar más allá de la lectura.
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