A cincuenta años del inicio de la última dictadura cívico-militar, la memoria no se queda en el pasado: vuelve, insiste y se hace cuerpo en cada nombre, en cada ausencia y en cada paso compartido en la calle.
Marchamos ¿Cómo no vamos a marchar si hoy se cumplen cincuenta años del comienzo de la noche más larga de nuestra historia?
Una noche que no termina nunca. Nos pasa por el cuerpo cuando aparece un nieto, cuando se identifican restos, cuando la retina se llena de fotos que cristalizan la eterna juventud de quienes están en los carteles pero tendrían que estar con nosotros. Nos pasa cuando caminamos por el barrio y una baldosa interrumpe el paso. Un nombre. Una edad. Una palabra: memoria. No están lejos. No están en otro tiempo. Están en la vereda que pisamos todos los días.
Y algo se abre ahí. Algo que no termina de cerrarse. Porque no es pasado, es una herida que cambia de forma, que insiste, que vuelve en los cuerpos y en las voces, en los nombres que se repiten para que no se borren. Hay fotos que no envejecen, las caras congeladas en un tiempo, que fue otra vida, fue hace mucho tiempo pero a la vez es ahora y no termina nunca porque no sabemos en dónde están ni cuales fueron sus destinos ni cuáles podrían haber sido si hoy fuera un día normal.
Hay una generación que dejó el cuerpo por una idea. Y en los tiempos de amnesia obligatoria sus Madres se hicieron un nudo en la garganta y caminaron en círculos pidiendo su aparición. ¿Cómo no vamos a marchar? Si defendieron la vida con el pañuelo y nos enseñaron algo a los que vinimos después.
La historia es clara: hace cincuenta años se llevó a cabo un plan sistemático coordinado y dirigido para secuestrar, torturar y desaparecer personas. No fueron excesos, ni errores ni guerras. Se utilizaron los recursos del Estado para matar gente, para robarles a sus hijos, para quedarse con sus bienes.
¿Cómo no vamos a marchar? Si hace cincuenta años un comunicado en medio de la noche cambió el rumbo de un país que siete años después dijo Nunca Más.
La memoria es la espina dorsal de nuestras victorias y derrotas. No es un ejercicio del pasado, es una forma de estar acá, ahora. Por eso nos llenamos de pañuelos y de nombres de los que no están, porque en cada nombre hay una historia interrumpida y una presencia que insiste. Porque quedan pocas Madres y Abuelas, pero hay un legado y es este: nosotros no olvidamos.
Marchamos porque no alcanza. Porque la memoria sola no alcanza si no incomoda, si no insiste, si no vuelve a abrir la pregunta. Marchamos porque hay algo que falta, porque hay 30.000 ausencias que insisten, que se filtran en los cuerpos, en las calles, en los nombres que se repiten para que no se borren.
¿Cómo no vamos a marchar?
Si están acá.
Si llegaste hasta acá, quizás también sentiste eso que vuelve. No como un recuerdo lejano, sino como algo que sigue pasando en vos, en los nombres, en las calles que caminás todos los días. Porque hay historias que no terminan: insisten, se abren, se vuelven a decir para no desaparecer.
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