Dentro de la programación especial por los 40 años de El Excéntrico de la 18, dedicada a grandes autores de la tradición literaria irlandesa, llega a escena Monólogo de Samuel Beckett, una versión de Piece of Monologue, uno de los escritos más radicales y despojados del Premio Nobel Samuel Beckett.
La propuesta pone en el centro a una única voz: un cuerpo casi inmóvil, una luz que aparece y desaparece, y una conciencia que intenta nombrar lo vivido aunque el lenguaje parezca fallar una y otra vez. En escena está Joaquín Tomassi, quien además co-dirige la puesta junto a Martín Dimarco, en un proyecto profundamente íntimo y autogestivo.
Actor formado en la EMAD, y con un recorrido que incluye cine, televisión y teatro, Tomassi se enfrenta aquí a uno de los grandes desafíos del repertorio contemporáneo: sostener un texto donde la acción casi desaparece y la palabra se vuelve fragmento, insistencia, resto humano.
En conversación con Revista El Walkman, el actor habla sobre su primer encuentro con Beckett, el desafío de actuar un texto que cuestiona el propio lenguaje y la manera en que esta obra dialoga con una Argentina que él define como “difícil y abismal”.

—Estás solo en escena sosteniendo uno de los textos más radicales de Beckett. ¿Qué te pasó la primera vez que te enfrentaste a Piece of Monologue y decidiste que querías hacerlo?
—La primera vez que me enfrenté a este texto lo leí en voz alta, como hago siempre que leo teatro. Y me pasó algo muy fuerte: empecé a involucrarme con lo que decía, con esas imágenes, con esas palabras repetidas, rotas, enfrentando algo que pareciera ser la nada. Me pareció fuertísimo. Terminé con la piel de gallina, diciendo: “Guau, cómo suena esto, qué bueno que está”.
De todos los textos de Beckett —yo había hecho antes Final de partida— este era un texto corto. Yo estaba buscando un monólogo para hacer un trabajo, un solo en escena. Incluso intenté escribir, busqué poesía, busqué por todos lados. Y cuando encuentro esto de Beckett, me conecta con esa pulsión existencialista, con ese pensamiento existencialista que también tengo.
Pero sobre todo fue una sensación corporal: mucha adrenalina. Adrenalina, ritmo. Está tan bien escrito que hasta te marca el ritmo con el que va. Y aparecen imagen tras imagen de ese ser humano enfrentando a la nada. Me pareció muy interesante.
—En esta obra la palabra parece fallar todo el tiempo. Como actor, ¿cómo se trabaja un texto que habla justamente del agotamiento del lenguaje y del silencio?
—Sí. El teatro de Beckett, y el teatro que se llama teatro del absurdo en general, trabaja con un lenguaje roto, con un lenguaje que no comunica, que no dice nada. Son sonidos, palabras que evocan imágenes, pero que no tienen ninguna finalidad, ningún sentido. Los personajes no se pueden comunicar, no pueden decir lo que les pasa con el lenguaje.
El sentido de la existencia humana no está en la palabra, y eso me parece muy interesante, muy actual y muy lindo de hacer artísticamente: poder mostrarlo, ponerlo en escena y ver qué pasa. Porque si en lo que digo no está la posibilidad de comunicarse, entonces ¿qué hago con la palabra? La palabra no es nada. ¿Y qué hay atrás de las palabras? Nada, tampoco. ¿Qué pasa con eso?
Me parece muy bueno poder hacer una obra que plantee todo esto desde la propia estructura en la que está escrita. No sólo como un relato que habla sobre la nada, o sobre cómo se habla de la nada, sino desde el propio lenguaje: cómo dice las cosas. Y las cosas que dice terminan demostrando que el lenguaje no tiene sentido.
—Además de actuar, co-dirigís junto a Martín Dimarco. ¿Cómo fue ese proceso doble? ¿Cuál sentís que fue el mayor desafío de este proyecto?
—La codirección es muy difícil, pero también muy enriquecedora, porque necesitás compartir la creación con otro. Yo propuse este texto buscando hacer un solo, un trabajo solo en escena, pero necesitaba a alguien más que estuviera codirigiendo conmigo, porque si no estaba totalmente solo en el proceso. Ahí fue cuando llamé a Martín Dimarco, que es egresado de la Escuela Metropolitana de Arte Dramático, educación pública de la Ciudad de Buenos Aires, donde yo también me formé y donde nos conocemos.
También convocamos a Uriel Cistaro, que hizo la dirección de arte. Es muy interesante lo que armó con la escenografía y el vestuario: una gran tela blanca que ocupa el espacio, y mi propio vestuario está unido a esa tela. La idea fue justamente armar un equipo de distintas miradas y roles.
Creo que el mayor desafío fue ponernos de acuerdo en ciertas cosas, en qué mirada le íbamos a dar a la obra. Porque muchas veces ensayábamos solos: Martín, el codirector, y yo. Pero más allá de las dificultades, creo que aprendimos mucho. Por lo menos yo aprendí mucho sobre cómo decir las cosas, cómo plantearlas y cómo detectar qué funciona y qué no.
En las grandes producciones, con muchos actores, asistentes y productores, se habla mucho, pero a veces es difícil ir al grano, al hueso. En cambio, con este tipo de texto y siendo dos personas en la sala de ensayo, vas escuchando y viendo cada imagen, cada momento, cada ritmo.
Entonces, cuando aparece una propuesta, la pregunta es: ¿por qué lo estás planteando así? ¿Qué parte de este fragmento de la obra está diciendo eso? ¿Por qué sería así como lo planteás vos o como lo planteo yo? Para mí el autor es muy importante, es lo más importante. Entonces hay algo ahí de no decir cualquier cosa y volver siempre a la obra que estamos contando.
—Hablás de una Argentina “difícil y abismal”. ¿Dónde sentís que este Beckett dialoga directamente con nuestro presente?
—Creo que dialoga con la actualidad en esta Argentina difícil y abismal por la falta de sentido en los discursos, en el lenguaje, en la palabra. En general, nos cuesta tener argumentos, justificar aquello que decimos. Se dicen muchas cosas, pero pareciera que no nos estamos refiriendo realmente a nada.
Los políticos dicen cualquier cosa, los docentes dicen cualquier cosa, los artistas dicen cualquier cosa, los periodistas también. Todo el mundo dice cosas, pero la pregunta es: ¿qué estamos diciendo realmente cuando hablamos? Parece que el lenguaje no tiene sentido.
La obra es desgarradora, es abismal. Habla del abismo del ser humano ante la nada, ante la muerte que viene, y de las poquitas cosas que tiene el personaje para aferrarse a lo material, a la vida que cada vez se va acabando.
Y lo que está pasando hoy en la Argentina también es desgarrador: es muy cruel, muy dañino en muchos sentidos —económicos, políticos— pero sobre todo sociales y culturales. Hay algo de habilitar discursos odiantes que hace que, si desde el poder se habilita ese tipo de lenguaje, todos quedemos habilitados a hablar de manera cruel y, por supuesto, carente de sentido, como en una obra de Beckett.

—Venís de un recorrido muy amplio: cine, televisión y grandes escenarios. ¿Qué tiene este proyecto que lo vuelve distinto o más íntimo para vos?
—Para mí este proyecto tiene mucho valor porque es la primera vez que estoy gestando algo y actuándolo desde mí mismo, desde la autogestión total. Y además con un texto como este de Beckett. Hacer Beckett siempre es una fiesta para mí. Una fiesta fuerte —la palabra fiesta puede sonar rara—, pero es algo muy emocionante, muy motivador y muy hermoso de hacer.
Hay una poesía muy particular en ese sin sentido, en la forma en que cuenta las cosas. Incluso tiene un humor muy especial que es muy lindo de actuar.
Y el hecho de hacerlo en El Excéntrico de la 18 también tiene un peso especial para mí, porque me formé con Cristina Banegas en ese mismo espacio durante muchos años. Hice obras ahí también, y ahora vamos a estar compartiendo la cartelera de los sábados: Cristina presenta Molly Bloom, de James Joyce, y más tarde también estará No-Yo, de Samuel Beckett.
Hay algo muy hermoso en esa conexión: Joyce fue maestro de Beckett y Cristina fue maestra mía.
Además, El Excéntrico es un lugar que amo. Es un espacio que está cumpliendo 40 años y que fue pionero en el modelo de teatro independiente, donde también conviven el aprendizaje y el entrenamiento actoral. Hoy hay muchísimos espacios así —y ojalá que sigan existiendo— aunque muchos también han tenido que cerrar por la crisis.
Argentina es reconocida a nivel mundial por la cantidad de teatros que tiene y por la diversidad y la calidad del entrenamiento actoral que se da en estos espacios. Por eso, estar haciendo un monólogo de Beckett en El Excéntrico hoy tiene un valor muy grande para mí, dentro de todo el camino que vengo recorriendo.
—Si alguien nunca vio a Beckett, ¿por qué debería atravesar esta experiencia? ¿Qué te gustaría que el espectador se lleve al salir de la sala?
—Porque es un autor que hay que conocer. Beckett revolucionó el teatro. Desde la tragedia griega hasta él había una estructura dramática bastante clara: acción, espacio, tiempo, personaje. Los personajes, a través de la palabra, decían lo que les pasaba, con distintas estéticas, poéticas y géneros.
Pero Beckett rompe con todo eso: ya no hay acción, no hay espacio, no hay tiempo. No se sabe dónde está el personaje ni quién es. La acción no tiene sentido y el lenguaje tampoco: no comunica, está roto, fragmentado. Incluso los cuerpos de los personajes en Beckett suelen estar dañados, como mutilados: no les funcionan bien las piernas, no pueden pararse o sentarse, tienen algún problema físico. Es como si todo el mundo estuviera roto.
Además, es un Premio Nobel de Literatura, así que es muy importante conocerlo hoy para pensar un poco el mundo en el que vivimos.
A mí me gustaría que el espectador se lleve una pregunta: ¿qué sentido tiene la existencia? ¿Para qué hacemos lo que hacemos? Si no hay certeza —si la única certeza es la muerte— entonces ¿cómo aprovecho mi existencia? ¿Estoy teniendo una vida lo más plena posible? ¿Qué estoy haciendo con lo que hicieron de mí?
Es una mirada muy sartreana, muy existencialista, que también tiene que ver con mi postura frente al mundo: uno es libre y por lo tanto es responsable de elegir, y también responsable de sus actos. El sin sentido, que en un primer momento puede parecer terrible o trágico, en realidad lo que hace es darte toda la responsabilidad sobre lo que hacés con tu vida.
Entonces la pregunta es si realmente estoy siendo un sujeto que elige en medio de este sin sentido que es la vida —en medio de todo lo destruido que parece estar el mundo— o si soy un objeto que hace lo que le dicen que tiene que hacer: digo lo que me dicen que tengo que decir, leo lo que me dicen que tengo que leer.
El absurdo y el existencialismo, que están en la base de este teatro, te invitan a pensar todo eso. Y eso siempre viene bien.
Cuando Beckett escribe su teatro —después de la Segunda Guerra Mundial, con una Europa devastada— el mundo estaba roto. Y hoy, de alguna manera, seguimos en un mundo roto: guerras, crisis, una sensación permanente de falta de sentido.
Por eso el teatro de Beckett sigue siendo tan actual. Y además, más que ningún otro teatro, el de Beckett está en el cuerpo, en el escenario. Se puede leer, claro, pero la experiencia teatral es otra cosa.
Así que los esperamos en El Excéntrico de la 18, en Lerma 420, los sábados a las 18, a partir del 14 de marzo.
En tiempos donde las palabras parecen perder peso y el ruido lo invade todo, volver a Samuel Beckett es también una forma de detenerse y escuchar el silencio que queda detrás del lenguaje.
Con Joaquín Tomassi solo en escena, Monólogo de Samuel Beckett propone una experiencia íntima y radical: un cuerpo, una voz y una conciencia enfrentada al abismo de la existencia.
Una invitación a atravesar el teatro desde su forma más esencial y, quizás, salir de la sala con más preguntas que respuestas. Porque, como sugiere esta obra, incluso cuando el lenguaje parece agotarse, el escenario todavía puede decir algo profundamente humano.

📅Estreno 14 de marzo
📅SÁBADOS 18HS
📍 El Excéntrico de la 18 (Lerma 420, CABA)
🎫 Entradas: Alternativateatral.com
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