Sabemos exactamente dónde están esas escenas: en qué temporada, en qué capítulo, en qué minuto. Ya sabemos lo que viene y volvemos igual. Porque la cultura pop funciona como un archivo afectivo: volvemos a las historias para encontrarnos otra vez con la vida que estaba pasando alrededor. Con los años, esas escenas dejan de ser solo ficción y pasan a formar parte del relato de una vida que también se mide en temporadas.
Estoy en la sala donde me hacen la rehabilitación del dedo que me quebré hace un tiempo y suenan How to Save a Life y Where Does the Good Go. Miro a las terapistas ocupacionales, que tienen más o menos mi edad, y pienso que a ellas también las crió Shonda Rhimes.
Hace unos días se murió Eric Dane —para siempre Mark Sloan— y mi algoritmo lo sabe. Pero no termina ahí: hay algo que circula también fuera de la pantalla. En canciones que aparecen juntas y tienen otro sentido, en conversaciones, en recuerdos. Como si ciertas escenas de Grey’s Anatomy estuvieran otra vez en el mundo.
Con mi amiga K tenemos un ritual. Una o dos veces por año nos juntamos a ver muertes de Grey’s Anatomy. ¿Por qué? No hay porqué. No tenemos una lista escrita, pero sabemos dónde está lo que queremos ver. En qué temporada, en qué capítulo, en qué momento exacto empieza la escena. A veces lo miramos entero; a veces vamos directo a lo que buscamos.
La puerta de entrada a este ritual es casi siempre la muerte de George. No es la que más nos dolió, pero sí fue la primera muerte importante —perdón Denny Duquette, también te lloramos un montón—. A veces nos mandamos reels de gente reaccionando al momento en que Meredith Grey se entera de que el paciente sin nombre es George y decimos que estaría bueno volver a ver esa escena por primera vez. Yo pienso que estaría bueno un Eterno resplandor de una mente sin recuerdos solo para eso.
Mark Sloan muere muchas veces. Con Derek suena Chasing Cars y cada vez que suena Chasing Cars muere Derek. Volvemos a cuando se va Cristina y hablamos de la amistad. Vemos de nuevo capítulos que vimos juntas por primera vez. Elegimos temporadas de una serie que fue nuestra adolescencia y también las primeras temporadas de nuestra vida universitaria, porque nuestra vida también tiene temporadas.
Cambiamos de casas, empezamos a trabajar, renunciamos, terminamos la facultad, nos enamoramos, nos desenamoramos. La ciudad a la que vinimos a estudiar dejó de ser prestada y se convirtió en nuestra. Mientras tanto, Grey’s Anatomy seguía sumando temporadas.
Cuando empecé a verla tenía trece años y vivía en Trelew. La pasaban en Sony y yo pensaba que era una serie sobre médicos. Y sí, hay médicos y hay medicina, obvio —de hecho, las primeras temporadas fueron un poco nuestra ESI—, pero también es una serie sobre la amistad, sobre el dolor y sobre cómo seguimos viviendo después de las cosas que nos pasan.
Hay algo de ceremonia en el acto de juntarnos a ver muertes. No porque lo planifiquemos demasiado, sino porque ya sabemos cómo empieza y probablemente también cómo termina. Y no tiene que ver solamente con llorar. A veces hablamos mientras miramos, nos ponemos al día, comentamos cosas del capítulo, descubrimos algo, nos reímos. Si es de noche hay picada y alcohol; si es a la tarde, café y algo dulce. Siempre hay una manta y un par de almohadones en el sillón. A veces el aire está en calor y a veces en frío.
Nunca nos sentamos a pensar por qué lo hacemos. Simplemente pasa. Las escenas son las mismas, pero nosotras no. Hay personajes que antes me parecían insoportables y ahora entiendo. Otros que me parecían increíbles y ahora no. Los capítulos siguen ahí, iguales. Cambiamos nosotras.
El día que se murió Eric Dane nos juntamos a ver la muerte de Mark. Picada, gin tonic después de un día algorítmicamente de vuelta en ShondaLand. Mientras llorábamos y Derek y Callie le agarraban la mano mientras sus signos vitales iban bajando, con K respiramos hondo al mismo tiempo. Cuando nos dimos cuenta nos reímos mucho.
Sabemos exactamente dónde están esas escenas. En qué temporada, en qué capítulo, en qué minuto. Ya sabemos lo que viene. Pero volvemos igual. Porque es nuestra ceremonia. Y porque, con los años, esas historias que vimos juntas también se volvieron parte de nuestra amistad. Y porque nosotras —como las que pusieron esa playlist en el consultorio donde hago rehabilitación— también fuimos criadas por Shonda Rhimes.
Si llegaste hasta acá, quizás también reconociste ese gesto de volver a una escena que ya sabés de memoria. No para sorprenderte, sino para reencontrarte con quién eras cuando la viste por primera vez. En El Walkman acompañamos escrituras que miran la cultura desde ese lugar íntimo donde las historias se mezclan con la vida: series, canciones, amistades, rituales que se repiten mientras todo cambia alrededor. Si querés sostener este trabajo independiente, podés suscribirte a la revista o invitarnos un Cafecito. Es una forma simple de seguir haciendo lugar para estas lecturas que se quedan un rato más en las escenas.



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