El miedo no es algo concreto. Es imaginación. Es una cadena de escenas que se arman solas antes de que pase nada. Un movimiento interno que se adelanta a los hechos y vuelve inestable incluso lo que parece bajo control.
La primera vez que la ví fue en el cine, en la semana de su estreno. Estaba con una amiga y le bastaron cinco minutos de película para codearme y decirme “sos vos”, mientras Robertina colapsaba —sin colapsar— por un corte de luz. Yo asentí y seguí mirando la pantalla pensando en mi.
Robertina es la protagonista de La reina del miedo, una de mis películas favoritas. Podría decir mil cosas sobre ella: podría detenerme en su éxito como actriz, en su casa grande, en sus empleados, en el unipersonal que está por estrenar, en su separación reciente, en cómo llora cuando habla, en cómo recibe la noticias tristes. Podría decir que muchxs dependen de ella, que tiene mil actitudes infantiles y carga con un montón de responsabilidades, que está rodeada de gente y aún así se siente sola. Pero no quiero describir nada de eso, porque lo único de verdad que puedo decir de la vida de Robertina es que tiene mucho miedo.
En la primera escena ella camina por su casa a oscuras. Una casa grande, linda, silenciosa. Camina con miedo, no como un monstruo, sino como un modo. Avanza en puntitas de pie, como cuando jugás a las escondidas y te movés con cuidado para no perder, solo que acá no hay juego. Es otra cosa: una cautela permanente. El miedo en la forma de llevar el cuerpo, el miedo como una forma de estar en el mundo.
Y eso me entró como si me estuviera mirando al espejo en ese momento, en ese cine, porque yo también venía caminando así y no lo sabía. Yo también hacía cosas, iba a lugares, me reía a veces, preparaba materias, trabajaba, pero adentro había algo raro, como una alarma prendida sin causa. Tenía miedo y no sabía a qué.
No necesitaba que Robertina nombrara su miedo. Me alcanzaba con verla moverse. Con la manera en que el cuerpo se adelanta a la cabeza, como si supiera algo que todavía no se puede decir. El miedo no como un estallido sino como una interferencia constante.
Hace unos años se rompió la manguera de mi lavarropas y eso hizo que hubiera agua en el piso de la cocina. Era un charquito de agua pero para mí era casi una inundación. Me acuerdo de llorar y desarmarme en una videollamada con una amiga que finalmente fue a casa a arreglar la situación. Yo tenía miedo de que el agua —del charquito que ya estaba seco— formara una filtración en el techo del departamento de abajo y que eso hiciera que al vecino se le cayera el techo y entonces la estructura del edificio iba a ser más inestable y el miedo seguía y seguía. No puedo identificar el miedo inicial de ese día pero sí como me moví. Iba a la cocina en puntitas de pie y miraba rápido el piso, como si mi cuerpo no pudiera soportar la posibilidad de que ahí hubiera agua.
El miedo no es algo concreto. Es imaginación. Es una cadena de escenas que se arman solas antes de que pase nada. Creo que por eso vuelvo a La reina del miedo: porque me veo en Robertina no cuando habla, sino cuando duda. Cuando controla demasiado y aún así pierde el control. Cuando un ruido mínimo desarma todo el resto. Cuando no sabe si quedarse o irse. Ese miedo que no grita, pero manda.
La primera vez que la ví no había visto fuego todavía, ni había puesto algunos límites ni había terminado de cursar, ni firmado una escritura, ni cambiado de trabajo, ni visto cómo mis amigas dejaban la ciudad en donde pasamos nuestros veintes. Todo eso vino después y lo viví con miedo, si, pero también con alegría, con tristeza, con enojo y con nostalgia.
A veces no sé qué decir, ni qué escribir, ni cuándo frenar. Pero si sé que hay momentos en los que el mundo se vuelve raro, inestable. En esos momentos, vuelvo a darle play a Robertina, que me recuerda algo simple y difícil a la vez: que todos tenemos miedo.

Si llegaste hasta acá, quizás también reconociste esa alarma suave que a veces se prende sin aviso. En El Walkman acompañamos escrituras que se animan a nombrar lo que no siempre tiene forma clara: esos movimientos internos que no hacen ruido pero ordenan el cuerpo entero. Si querés sostener este trabajo independiente, podés suscribirte a la revista o invitarnos un Cafecito. Es una forma simple de seguir haciendo lugar para que estos miedos —los silenciosos, los persistentes, los tan humanos— encuentren palabra y escucha.



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