El fantasma que ya no soy

A los treinta y pico se abrió una pregunta que nunca había estado ahí. No es un deseo claro ni una decisión tomada: es apenas un “¿y si?”. Un movimiento interno que desarma certezas y obliga a traducir lo que antes era un no rotundo.

Estoy en la parte de atrás de un Uber mientras suena hablándole a tu corazón de Charly y paso por esquinas en las que fui un fantasma. No sé porqué pienso en eso mientras el auto se va alejando del centro y yo saco la mano por la ventanilla para encontrarme con un viento de diciembre que me recuerda que estoy viva.
Hay algo en el viento que siempre me vuelve tangible. Como si el cuerpo necesitara esa prueba. Como si de pronto el mundo me dijera sí, estás acá. Un semáforo que cambia, la ciudad que va quedando atrás como una película. Todo parece simple: una persona en un auto, una canción, una tarde que se hace noche.Pero adentro mío está pasando otra cosa,una especie de traducción.
Pienso en los años en los que fui un fantasma y transité esas mismas calles sin sentirme del todo conectada con lo que venía después. Hacía cosas, trabajaba, me reía. pero no tenía una idea de futuro. El futuro era incierto. lejano y probablemente escrito en un idioma que yo no podía leer. 

Y ahora estoy acá, en un Uber, con treinta y pico, sacando la mano por una ventanilla mientras me hago preguntas. No es que antes no hubiese habido preguntas, solo que tenían que ver más con un estado de supervivencia, que creo, es muy diferente a vivir. Y aún así, a los veinte tenía bastante claro lo que quería hacer “cuando fuera más grande”. Una certeza de los veinte fue mi no rotundo a la maternidad. De hecho hasta no hace mucho, si alguien me preguntaba si quería tener hijxs respondía muy rápido que no. 

Por eso mi nivel de confusión -no sé cuándo, ni cómo- al preguntarme un día si yo debería pensar en tener hijos. La adultez es una máquina con mil botones que no sabemos para qué sirven y alguien apretó el que dice “maternidad” en mi cabeza y, para mi sorpresa también en la de algunas de mis amigas que también en sus veintes tenían el no rotundo. De repente, sin aviso, en cualquier lugar, se abrió la posibilidad de decir: ¿y si?.
Y ahí fue cuando no entendí. No porque fuera difícil, sino porque definitivamente no era mi idioma. 

Entonces hice algo que suelo hacer cuando no entiendo qué me pasa: lo llevé a análisis.
No sé si lo llevé como un deseo. Lo llevé sin tener idea de qué era, si estaba vivo o era un ruido. Como esas cosas que te acompañan durante el día y que, cuando las mirás de frente no sabés cómo nombrarlas.
Porque lo que me pasa no es “quiero tener un hijo”. Eso hubiera sido, en cierto punto, más claro, más directo, más brutal incluso. Lo que me está pasando es más confuso y por eso más inquietante: es la habilitación de esa pregunta.
Lo hablé con una amiga primero, casi como para chequear realidad. Como para decirlo en voz alta y ver si se desarmaba solo. Y mi amiga me contestó lo mismo que yo sentía: que ella también se estaba haciendo esa pregunta. Ese “a mi también” me dio alivio y un poquito de pánico. Alivio porque entonces no era un delirio individual. Pánico porque entonces era verdad que eso existía. Que a gente como nosotras —las del no rotundo— de pronto se nos abría esta puerta.

Y ahí apareció una de mis preguntas más desesperadas, que es la pregunta de fondo atrás de todas las otras: ¿por qué ahora?

A mi me interesaba entender el mecanismo. Como si esto tuviera un manual secreto. Como si alguien me pudiera explicar qué cambia en una misma para que aparezca una pregunta que antes no estaba. No quería una respuesta moral, no quería que me convencieran de nada. Solo quería traducción. Quería saber de qué idioma era esto. 

Cuando se lo planteé a mi analista, me escuché a mi misma hablando rápido. Como cuando te apurás porque sabes que te estás exponiendo. Yo sabía que ella tenía un hijo y ese dato se volvía un punto de apoyo: yo estaba hablándole de la maternidad a alguien que había cruzado esa puerta.
Entonces le pregunté si era así. Si era algo que te surge. Si un día te despertás y decís ah, esto.
Le pregunté como si estuviera pidiendo que me expliquen una regla de un juego que todo el mundo conoce menos yo.
Y en algún punto me salió también lo más humano: le pregunté qué le había pasado a ella. Si siempre lo había querido, si siempre lo tuvo claro, o si la pregunta también se le abrió en algún momento. Porque hay gente que parece haber vivido siempre sabiendo. Hay gente que tiene eso armado. Y a mi me descolocaba pensar que incluso alguien que terminó siendo madre quizás había sido, antes de eso, una persona en el umbral,
Y en un momento, como si mi cabeza necesitara ubicar esta incomprensión en un mapa, le pregunté algo que para mí tenía mucho sentido.
¿Más o menos 30?

Me respondió: más 30
Esa respuesta me dejó un poco quieta. No porque resolviera nada, sino porque tenía ese tono de verdad simple. No era un número exacto. Era una zona. Como si los treinta fueran un territorio donde algunas preguntas empiezan a circular. Como si fuera un clima.
Insistí, y le pregunté si la pregunta se le había abierto de verdad.
Y ella dijo que sí. Que un poco si. 

Un poco.

Esa palabra es un abismo, porque no cierra nada pero tampoco lo niega. «Un poco” es quedarse en el borde: ni sí ni no, y sin baranda.
Salí de esa sesión sin respuesta. Y sin embargo sentí que algo se había movido, que había cambiado. No porque ahora supiera qué quiero, sino porque entendí que las certezas, incluso las que una cree más firmes, tienen textura. Que no son piedra, que a veces son puerta.
Y volviendo en el Uber —con Charly de fondo, con el viento pegándome en la mano como un recordatorio físico— me di cuenta de que quizás esta pregunta no habla de un hijo. O no solo. Quizás habla de otra cosa, de que yo, que durante años fui un fantasma, ahora estoy acá. Preguntándome. Mirando hacia adelante aunque me dé vértigo. Descubriendo que el futuro ya no es una palabra escrita en otro idioma.
Cuando el Uber dobla otra vez y la canción sigue: yo dejo la mano afuera un rato más, como si el viento pudiera ordenarme algo adentro. No me llega ninguna respuesta, ni un sí ni un no, pero me llega el cuerpo: el frío tibio de diciembre en los dedos, el ruido de la ciudad, el semáforo que cambia como si nada. Pienso que quizás crecer es esto: no entender del todo y, aun así, escuchar. Dejar que una pregunta exista sin resolverla de inmediato. Volver a casa con la certeza mínima de estar acá —en movimiento— y con la sensación de que, aunque me asuste, ya no estoy pasando por estas esquinas como un fantasma.


Foto por María Galina

Si llegaste hasta acá, quizás esta pregunta también se te abrió en algún momento. En El Walkman acompañamos escrituras que no traen respuestas cerradas sino movimientos: procesos que se animan a habitar la duda sin apurarla. Si querés sostener este trabajo independiente, podés suscribirte a la revista o invitarnos un Cafecito. Es una forma simple de seguir haciendo lugar para que estas preguntas —las que incomodan, las que transforman— encuentren espacio y escucha.

Deja un comentario

Sitio web creado por WordPress.com.

Subir ↑