Los 87 del Doctor

La historia de nuestro país está llena de figuras que trascienden su ámbito original para convertirse en parte de nuestra cultura y nuestra identidad. Y si hay algo que define a los argentinos, es la manera única en la que vivimos el fútbol. No es solo un deporte; es una extensión de nuestra forma de ser. Así como Diego Maradona es el ícono máximo de esta pasión, Carlos Salvador «El Doctor» Bilardo no se queda atrás en esa mesa de leyendas.

Desde lo estrictamente futbolístico, su carrera como director técnico es motivo de análisis inagotables: su inicio en Estudiantes de La Plata, su ya mítico equipo campeón de 1982 y su consagración en el Estadio Azteca en 1986. Pero hoy no quiero hablar de táctica ni de estadísticas. Bilardo dejó una huella que va mucho más allá del fútbol.

Tan exigente como excéntrico, Bilardo sembró ideas que con el tiempo se convirtieron en dogmas del fútbol argentino. Una de ellas es el resultadismo, esa filosofía en la que ganar es lo único que importa, sin importar los medios. Esta mentalidad no solo se quedó en la cancha; trascendió al día a día de los argentinos, alimentando esa característica que nos define: la competitividad y el deseo de triunfar, aun cuando todas las probabilidades están en contra.

Si hay algo que Bilardo llevó al extremo, fue la relación entre el fútbol y la suerte. Resulta casi paradójico que un médico creyera en el azar y buscara patrones en las victorias. Pero para él, la suerte no era un factor pasivo: «A la suerte hay que ayudarla», solía decir.

En este sentido, es imposible olvidar la historia de Kiricocho, un hincha de Estudiantes que Bilardo creía que traía mala suerte al equipo cuando iba a la cancha. En lugar de alejarlo, tomó una decisión inusual: le pidió que se encargara de recibir a los equipos rivales. Curiosamente, ese año Estudiantes salió campeón. Así nació una de las cábalas más famosas del fútbol, que aún hoy se utiliza en todo el mundo para «gafar» a los rivales.



Entre las anécdotas de alfileres utilizados para incomodar a los rivales, su obsesión por los detalles y su famosa frase «Del segundo no se acuerda nadie», se gestó una división que marcó el fútbol argentino: el Bilardismo contra el Menottismo. Dos escuelas antagónicas, dos formas de entender el juego.

Sin embargo, esa grieta se cerró en Qatar 2022, cuando Lionel Scaloni logró una síntesis perfecta de ambos estilos y llevó a la Selección Argentina a la gloria mundial.

Más allá de su imagen polémica, Bilardo fue un líder excepcional. Su obsesión por los detalles llegaba a extremos insólitos: exigía que los jugadores celebraran los goles en sus respectivas posiciones para no quedar mal parados en el saque rival. Pero también fue un gran formador de grupos.

En su primer año en Estudiantes, encontró un vestuario dividido y se tomó el tiempo de hablar uno por uno con los jugadores para reconstruir la relación entre ellos. Más adelante, cuando el club atravesaba un mal momento, apostó por un equipo con una mezcla de jóvenes y veteranos para potenciar el desarrollo de los más chicos. Como él mismo decía: «A los jóvenes hay que dejarlos jugar, la exigencia es para los grandes».

En esa misma personalidad que afirmaba que «El futbol es fácil» y que afirmaba morir por querer volver a ganar la copa del mundo, vivía un hombre sensible y sencillo que dentro de su propia exigencia dejo de lado muchas cosas de su vida para poder ser uno de los mejores de su ambiente.

Repito lo que dije un poco más arriba, que en este texto no pretendo abordarlo desde un análisis futbolístico, sino desde el hecho que Bilardo representa lo que somos: el hambre de ganar, la obsesión por los detalles y la creencia en la suerte. Por eso, más allá de las páginas doradas que escribió con la Selección, también ocupa un lugar en el corazón de cada argentino.

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