«Cuidado con las palabras (dijo) tienen filo, te cortarán la lengua».
Alejandra Pizarnik
Cuando estaba en la primaria después de las reuniones de padres mi mamá volvía a casa y me decía que la maestra decía que yo era tan callado que había que sacarme las palabras con tirabuzón. Después me miraba, me despeinaba y decía burlonamente «si supiera que en casa no hay forma de que te calles». En aquél momento no entendía si sus palabras eran buenas o malas. No entendía muchas cosas, supongo que son cosas de la edad. No entendemos el mundo como es, aceptamos la versión que nos cuentan.
En aquellos años de primaria católica y de rezo obligatorio antes de dormir – otra de las cosas que no entendía pero repetía en piloto automático – yo no entendía las muchos significados del verbo «contestar». Para mí si alguien te hablaba uno contestaba: «buen día», «buen día», «¿cómo estás?» «bien, ¿vos?» ese tipo de cosas. Lo que no sabía era que cuando mamá decía «no me contestés» decirle «¿para qué me preguntás?» era el preámbulo a recibir un golpe de palma justo en la boca. Como si estuviera teledirigido la mano abierta siempre encontraba la boca. Lo que no había ahí era explicación. «cuando te digo no me contestés no digas nada. Estoy enojada a veces con vos, a veces conmigo, a veces con vivir en Argentina, pero no me contestés porque mi reacción va a ser la misma que recibí yo a tu edad: golpe». Nunca recibí una explicación como esa, pero se me ocurre que escribirla es un paso. Los golpes no educan. Duelen.
En la adolescencia la regla era el silencio. Callarse para sobrevivir. Los libros y la escritura entran en escena y se quedan por muchos años, como espada y como escudo. Como un refugio. Un lugar seguro de palabras impresas que auguraba futuros prometedores si uno hablaba a tiempo. Me costó, qué quieren que les diga, aprender a hablar sin ahogarme en el intento.
Una tarde hace unos diez años la voz apareció en el trabajo en forma de grito, de desahogo. Mientras compañeros y hacían llevaban adelante su fiesta del bullying con el noble fin de fortalecer al blandito – puedo jurar que hay personas que creen que el maltrato en cualquiera de sus presentaciones es el camino más rápido a la madurez y fortaleza – en mí crecían las ganas de llorar y el nudo en la garganta apretaba cada vez más, hasta que la fuerza del llanto contenido fue más fuerte que las ganas de callar y el silencio se rompió con un grito como esas presas que no alcanzan a contener la fuerza del río desbocado, Conté las escenas más dolorosas de mi existencia y rematé diciendo «En qué mundo creés que vos sos mejor que yo», Acto seguido me recluí en el vestuario. Me daba por despedido pero quería lavarme la cara reponer el aire y después aceptar la decisión que en mi cabeza era tan real como el banco en el que me senté a recuperar el aire.
Volví al sector después de lo que para mí fue una eternidad aunque para los demás hayan pasado diez minutos y para mi sorpresa nadie me gritó ni me dijo algo así como «agarrá tus cosas» sino que me dijeron «tenés servido mate cocido». Esa tarde entendí que había pasado mi bautismo de fuego. No comparto el método. No lo recomiendo. Pero lo que siguió fue crecimiento.
Aprendí con los años a confiar en lo que tengo para decir y en el modo de hacerlo. A comprender que el otro dice cosas y uno puede elegir que esas cosas lleguen o no lleguen. Que hay palabras que metemos en la mochila y las llevamos con nosotros y que hay otras que las tiramos como el papel del alfajor que terminamos de comer. Hay palabras que tienen que ir al tacho porque si las dejamos adentro se pudren como la basura.
Hace dos años estaba asistiendo a un taller de escritura. Aprendí ahí los principios de la auto ficción. Le puse nombre a algo que venía haciendo desde que a los 12 años empecé a llenar cuadernos con diferentes escenas de ese día a día. Fue escribiendo sobre la relación con mis padres que por su bien (y el mío) se separaron hace 28 años cuando mi querida profe Fernanda Nicolini – a quien recomiendo leer cada vez que se pueda – me dijo una frase que guardé conmigo «Hay que dejar de ser hijo».
Recibir esas palabras fue como recibir las llaves del reino. Que te señalen con las manos los hombros y la cabeza diciendo «te nombro adulto». Cada uno crece como puede. No hay manuales de estilo, No hay una lista de pasos a seguir. El crecimiento es personal. Individual. Un día abrís los ojos y asumís el mundo como sentís que es y no como te contaron. Elegís cuando y por qué reirte. Entendés el poder de las palabras porque aprendiste que del otro lado del filo está el bálsamo. La madera de la que otros en algún momento podrán agarrarse a la hora del naufragio.
Hoy por hoy puedo decirle a ese chico que no sabía cuando callar que todo salió bien, Que con el paso de los años aprendió a confiar en la voz que tiene y sobre todo a entender que para salir de las crisis hay que atravesarlas.


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